TODOS CONTRA EL MIEDO
(LA REALIDAD COMO TRAGEDIA)
por Fernando Urdiales

El lugar de la Tragedia, género teatral irrepetible que vivieron
los griegos en todo su esplendor, se ha desplazado del escenario a la
calle. Los medios de difusión nos permiten observarla de forma
cotidiana. Los últimos sucesos ocurridos en España, la
tragedia vivida en torno a los atentados terroristas de Madrid, inducen
a la reflexión sobre este asunto. Fenómenos claves en
la tragedia teatral tales como la intervención del “fatum”,
o el destino, y la “catarsis” colectiva, el dolor y la purificación
moral, emergen fruto de la inmolación de esos seres desaparecidos
o torturados por las secuelas físicas y mentales de un acontecimiento
del que nadie puede sustraerse.
La realidad deviene en tragedia y empequeñece cualquier intento
de representarla en un escenario.
Si aceptamos que el ritual doliente, la identificación colectiva
con la magnitud del trance y la purificación moral que de ella
se deduce nos la brinda de continuo la atroz realidad, nada tiene que
hacer el teatro en este ámbito.
Perdido su carácter ritual primigenio el Teatro tiene ante sí
todavía grandes retos. Uno de ellos ha prevalecido desde sus
orígenes, la necesidad de entretener, “divertir”,
que en su etimología significa “apartarse de”. En
su esencia, la representación debe cumplir esta función
basándose en las características propias de este Arte:
“Teatro” significa “yo contemplo” y también
“lugar desde donde contemplo”.
Para cumplir estas expectativas el Teatro debe apoyarse en la fábula,
la peripecia, la interpretación de los actores y la técnica
para transmitir todo ello.
“Me aparto de” para “contemplar” qué.
Básicamente, LA CONDICIÓN HUMANA tanto en su encarnación
individual como colectiva. Si los clásicos prevalecen es justamente
porque nos hablan de esto.
Según se ha dicho, el Teatro ha sido en sus orígenes un
ritual religioso vivido por una colectividad que se educaba en la evolución
teológica de la sociedad griega y se purificaba en el rito de
las representaciones. Luego, tras un periodo de letargo, emerge fundamentalmente
como vehículo de propaganda del poder religioso y político.
Con la instauración del teatro laico, se constituye en un revulsivo
contra las costumbres retrógadas, la hipocresía y los
abusos de los poderosos. El Teatro ha fustigado al Poder, ha reclamado
los derechos de los oprimidos, ha servido para denunciar las desigualdades
o los atropellos cometidos por razón de casta, raza o sexo. Ha
luchado por la instauración de los derechos democráticos
allí donde no existían o habían sido abolidos.
Por su propia naturaleza, como observador y receptor de lo que ocurre
en la sociedad, elaborando así su tarea especular, es extremadamente
sensible a los intentos de desestabilización de la democracia
y a las hecatombes que sufre la Humanidad.
No obstante, en los últimos tiempos, se ha acomodado a causa
del exclusivo mecenazgo del Poder y ha incurrido por este motivo, en
no pocas ocasiones, en la autocensura. Este fenómeno ocurre con
frecuencia en los países donde el Estado administra en exclusiva
los recursos para el desarrollo cultural, lo que deviene en definitiva
en un férreo control de la Cultura.
Pero en estos tiempos la desigualdad social se acentúa, sobre
todo en lo que concierne a las diferencias abismales entre los recursos
de los países ricos y los de los países pobres y, como
consecuencia, los conflictos bélicos se globalizan. La industria
bélica de los países más desarrollados, particularmente
de los Estados Unidos y sus aliados, progresa aceleradamente en su tecnología.
Sus armas son cada vez más sofisticadas y están concebidas
con el ánimo cruel de causar determinados daños específicos
cuando no, simplemente, la muerte. Las naciones o pueblos menos desarrollados,
o grupos beligerantes dentro de ellos, tratan de obtener armas más
baratas y desarrollar procedimientos de ataque igualmente letales y,
potencialmente, por estar fuera de control, más peligrosos (armas
químicas y bacteriológicas, explosivos para ataques puntuales,
chatarra atómica procedente del tráfico internacional,
etc.).
Por otra parte, los fanatismos se radicalizan en todas las confesiones
religiosas y crecen de forma alarmante los integrismos excluyentes e
intolerantes. Cada adscripción religiosa se cree en posesión
de la VERDAD absoluta y, de este modo, legitima el exterminio del OTRO,
el genocidio, el intento de prevalencia de unas civilizaciones y razas
sobre las otras. Los nacionalismos tienden a expresar lo peor de sí
mismos, afirmándose de forma radical en la exclusión del
OTRO y, por si fuera poco, todos buscan un “chivo expiatorio”.
Como en la tragedia.
¿Cómo no va a estar el Teatro en “crisis”
permanente si lo está el Mundo, la sociedad global de la que
extrae sus argumentos y a la que se dirige?
¿Qué hacer ante tal maremagnum de circunstancias trágicas,
o cuando menos dramáticas? Porque el Teatro no debe renunciar
a afianzarse como un Arte que, con independencia de la interacción
con otras formas de expresión, tiene unas señas de identidad
propias e irrefutables, sobre todo aquellas que conciernen a la relación
en el tiempo y en el espacio entre actores y espectadores.
¿Qué hacer ante esta atmósfera colectiva de inseguridad,
de paranoia, de MIEDO cada vez más creciente? ¿Acaso el
Teatro tiene una “misión” que cumplir? ¿Es
suficiente con que sea consecuente con sus exigencias artísticas
y con la función de entretener? ¿Es necesario un NUEVO
TEATRO? Se habla y se escribe mucho hoy en día a propósito
de las nuevas tecnologías aplicadas a las Artes Escénicas,
los nuevos lenguajes, la acción interactiva, las nuevas dramaturgias...
pero ¿dónde esta el meollo de lo NUEVO?
Hoy podemos observar la realidad a través de la pantalla del
televisor desde donde el ORÁCULO se manifiesta, según
quien sea el emisor, es decir EL MENSAJERO. La información, el
mensaje, es manipulado según lo que precisen los intérpretes
de la palabra de los DIOSES (sea el Dios de los cristianos, Alá
o Jehová) Vivimos la realidad TRASTORNADA por el mensaje.
Además de responder a intereses bélicos o de carácter
religioso o racial, el mensaje cumple otra perversa función:
Incitar al consumo compulsivo, operación sobre la que se sustenta
el mercado y el poder económico. El ser humano es así
cada vez más reducido. Cada mercancía es un arma de autodestrucción.
Se cifra el grado de evolución de una sociedad en función
de su bienestar económico, pero ¿y el BIENESTAR MORAL,
más preciado y más imprescindible? Para recuperarlo, el
Teatro debe transitar el territorio de la UTOPÍA, debe abrir
puertas y facilitar el acceso al lugar de lo imaginario. Deber ayudar
a ejercitar una gimnasia mental que fortalezca el músculo del
razonamiento y contribuya a que la mente del espectador posea argumentos
y defensas para librarse de la información intoxicada y de los
cantos de sirena del consumo. Un teatro de la utopía, un teatro
metafísico en el que se pongan en conflicto las tensiones del
ser individual y colectivo, desde las virtuosas hasta las más
abyectas, pero no a la medida de la realidad, sino como SOMBRAS proyectadas
sobre un muro. La realidad ya no pertenece al teatro. Todo teatro que
trate de reproducirla ya no es creíble y transmite la sensación
de lo falso. No dice nada. La realidad, observable cada día,
lo supera en verismo.
Es necesario un TEATRO CONTRA EL MIEDO, o, al menos, un Teatro que ubique
al miedo en el lugar que le corresponde. Desterrar el miedo hacia mi
próximo, mi vecino de vivienda, de corral, de tren, de bus. No
temer a quien sea de otro territorio, de otra raza, de otra religión,
de otra lengua. Necesitamos que LA HUMANIDAD confíe en sí
misma y desenmascarar y combatir a los inductores del ODIO, de los que
defienden sus privilegios a costa del MIEDO. Son tan antiguos como el
Teatro. Aunque estén agazapados tras las marionetas que les representan
en el guiñol de los que gobiernan.
Estamos en guerra. No lo sabíamos. Una explosión
descomunal de sangre y escombros nos ha empujado violentamente en el
caudal del siglo XXI, cuyos comienzos están representados simbólicamente
en el ICONO de las Torres Gemelas derrumbándose. Crisis. España
dividida entre el Bien y el Mal o el Mal y el Bien, según se
mire. La libertad de expresión amenazada. En nuestra sociedad
actual se incuba el MIEDO y se busca compulsivamente UN CHIVO EXPIATORIO.
El descuartizamiento del territorio nacional alienta a unos y el terror
por la amputación activa las defensas paranoicas de los otros.
Los exégetas de cada bando propagan el desastre.
Esta es nuestra tragedia.
Apuntes acerca de una reflexión sobre el Teatro.
27 de marzo de 2.004. Día Mundial del Teatro.
Fernando Urdiales
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