El cine fue para mí la experiencia de lo absoluto, desde que acudía a él de la mano de mi madre. Yo desaparecía en la oscuridad de la sala, para aparecer como protagonista en la pantalla. ¡Qué malestar cuando volvían a encenderse las lámparas! En la calle volvía a ser un supernumerario. Había sido despojado bruscamente de mi importancia. Ya no era necesario, sino excedente. En las películas había necesidad, existía el porvenir, los sucesos se desarrollaban con la precisión inexorable de una melodía y al final, mágicamente, milagrosamente, coincidían el beso de los protagonistas y el gran acorde del piano. Tenía veinte años cuando conté al Castor mi descubrimiento. Mostraría a todos que la contingencia es una dimensión esencial del mundo y que la belleza es la única salvación. J. P. SARTRE
Aristóteles, Plotino, San Agustín, Santo Tomás coincidieron en afirmar que el ser humano tiene dos facultades: noûs y órexis, la inteligencia y el deseo. Spinoza llamó conatus a la energía con que una cosa se mantiene en su ser. Al hacerse consciente, este conatus se convierte en deseo. Para Spinoza, como para su admirador Nietzsche, la esencia del ser humano es el deseo, el ímpetu para ampliar el poder, la vitalidad, la existencia. Freud estuvo muy cerca de Spinoza. La lívido freudiana determina los procesos conscientes e inconscientes. Ambos buscaban el principio último de la acción, el móvil radical. Freud no se contentó con decir que era el impulso, el deseo; quiso saber qué impulso, qué deseo. Al final de su vida pensó que había dos: Eros y Tánatos. El amor y la muerte.
Esta vídeo-instalación pretende mostrar de forma simultánea el amor y la muerte. Para ello hemos de liberarnos de las ataduras de un encuadre rígido, más propicio para lo teatral y proponer un encuadre binocular, como es nuestra visión retiniana. En una mitad del encuadre, imágenes casi oníricas, respaldadas por el texto, en torno al Kamasutra como exaltación (narrativa y estética) del goce. En la otra mitad del encuadre, la historia, cotidiana y casi sentimental, de un automóvil, desde que sale de la cadena de montaje hasta que termina en un desguace. De la interacción entre ambas vertientes dependerá que el espectador las conciba como una sola imagen, un solo impulso.

He aquí el texto (locución en off) que acompaña la vídeo-instalación:
La invención del placer.
Eros
Cuando el viajero encontró el jardín lo penetró con inconsciencia y olvido. Un riachuelo fluía sinuoso como un camino de agua que jamás se detiene y arrastra las lágrimas de los hombres. Zigzagueaba elegantemente con delicada cautela, y era una caricia para la vista. Los ojos descansaban con tal paz, que si no fuera por el rumor que la acompañaba, se diría silenciosa y eterna.
Las flores, en su exuberancia ritual, embriagaban los mullidos pasos que exhalaban toda una suerte de aromas que iban aumentando, desde el rostro de la madre de las gardenias hasta el afrodisíaco impulso de la orquídea rosada que atrae a los marineros que recorren el mar de leche, uno de los siete Océanos de la sabiduría.
El natural fluir de la sangre le condujo hasta el centro del jardín, a la fuente de la manaba el agua que humedecía el lugar. Hermosas mujeres de blanco mármol sujetaban entre sus brazos una concha enorme, de la que rebosaba el agua verde pálida de un perfume que como el humo, flota y en la que se podía leer una inscripción tallada con el cincel del amor:
"En un oasis olvidado, habitaba un dios olvidado; su cabeza era de toro y su cuerpo humano; a su monstruoso aspecto se añadía un enorme pene en eterna erección. Poseía, a su vez, tres pares de piernas que se acompasaban armoniosamente en una extraña danza; y seis de brazos, que con sus respectivas manos, tañían instrumentos, crótalos y cascabeles, lanzaban flechas, daban palmas y le masturbaban, acompasando sus movimientos a los ritmos musicales, pero jamás eyaculaba. Un día una caravana perdida buscó el alivio de la traición en el oasis olvidado. El tiempo que duro su estancia, lo pasaron contemplando con atención al dios que allí habitaba. Al cabo de un tiempo con el mismo silencio que llegaron, partieron, pero dejaron en el oasis un presente para el dios: un espejo que camina y escucha las voces de los hombres, su lengua es insólita e indescifrable, y su mirada, invisible. Se extravío un día en las calles de Babel. El observar este fenómeno hizo pensar al dios, al pensar se detuvo, y al detenerse eyaculó con la fuerza de un disparo de cañón. Su último instante antes de morir se lo robó el placer. Ahora el desierto es infinito amarillo y en algún lugar el deseo espera enroscado como una serpiente a que sople el viento, se humedezca la tierra y la luna suceda al sol".
De los hechos que acontecieron en el jardín olvidado.
I Sayujyata (Absorción en la esencia divina).
Admirado el viajero levantó la vista y contempló a una mujer que desnuda se dirigía a él. Se acercó y encaramó a él como si subiera a un árbol que esconde los más jugosos frutos en las ramas más altas, que el cálido viento del sur azota con ternura.
Sus labios se unieron como los arroyos que forman una cálida cascada entre la frondosa vegetación. Su pubis estaba poblado de un bello negro y suave, del que se dejaban entrever los labios rosados y carnosos como los pétalos del loto púrpura.
Las manos ligeras desnudaron al viajero y ambos comenzaron a acariciarse. Las manos de él pronto se fueron deslizando hasta los pechos de la mujer, rozando y jugando con sus pezones cada vez más duros.
Abriendo sus piernas escala la mujer al hombre-árbol, cruza las piernas sobre la espalda del hombre, se enlaza a su cuello como una serpiente y comienza a balancearse introduciendo en su vagina el miembro erecto del hombre, absorbiéndolo, sedienta del fruto del amor.
II Samipyata (Proximidad a la divinidad).
El hombre curioso se aproxima a la mujer, y la sorprende. La observa yaciente en completa desnudez, como quién pretendiera leer en un libro los signos que ilustran el mundo. Ella está tumbada ofreciendo su espalda al hombre, y se sabe vista, escrutada y deseada. Levanta sus caderas y eleva su culo a la contemplación del hombre, que embelesado saborea la visión de un astro que surge inescrutable en la inmensidad del universo, su sonrisa hace olvidar cualquier otra luz. El hombre la toma de las caderas y penetra un húmedo corazón. Sus manos se apoyan y aprietan la redondez jugosa de sus glúteos, acariciando y besando la espalda de la mujer, como quien se inclina ante un dios absoluto, a un dios que rompe la voluntad de los hombres. Estira sus brazos y percibe como sus dedos se deslizan suavemente, rozando el abdomen, y surcando su piel, como un mar feliz, hacia arriba, ¡hacia el infinito! Hasta apretar sus pechos que cuelgan danzantes como bellas bailarinas que desnudas muestran su hospitalidad al viajero. Y acariciar sus pezones cada vez más duros, pellizcarlos con la delicadeza con la que Aquiles hablaba a Patroclo más allá de la vida. Y empujar, y empujar notando como penetra el pene dionisíaco. Es el placer del sátiro que en pleno bosque sorprende el baño de una ninfa desnuda. Y al final un grito salvaje al unísono, un estertor de placer que fecunda los bosques en la noche, y los puebla de fantasías y cuentos que estremecen a los niños en la oscuridad.
III Sarapata (Semejanza a la divinidad).
La mujer está tumbada con la mirada puesta en el cielo, observando con atención una estrella que alumbra por placer. Abre sus piernas al hombre, las eleva a lo alto hasta apoyar los pies en el pecho del hombre. Y en ese momento éste la penetra profundamente, es el agujero negro que envuelve la estrella. Es el llamado polvo cósmico, en el que, según el Ananga-Ranga de Kalyana Malla, el hombre alcanza la semejanza a la divinidad.
IV Salokata (Residencia en el paraíso).
El hombre se tumba sobre la alfombra tejida de enigmas, y sobre él, abrazando el pene con su vagina, se sienta la mujer, y comienza a cabalgar, a recordar el lento trotar al atardecer, el ritmo continuo del mediodía y el galope furioso de la noche. Y sin detenerse siente el rapto del viento que te deja sin respiración, y sigue danzando con las manos del hombre acariciando sus caderas, agarrado a sus glúteos, besando y chupeteando sus duros pezones, hasta que ambos se desfiguraron de placer. En ese instante el dios y el espejo bailaban juntos y se diría que eran capaces de reconocer el camino que un día les perdió.
*texto escrito José Luis Prieto Neka leído por Blanca Herrera.