COLLATERAL

de Michael Mann (2004)
por Álvaro Fierro

Que el cine made- in -Hollywood funciona golpe de taquillazo lo sabe hasta el más palomitero (ya que estamos, aprovecho la ocasión para desearles garrote. Sin acritud, que conste). Pero de ciento en viento aparece una obra digna de ser reseñada, en la (ahora) tan denostada industria de cine americana. No es el caso de Collateral. Por una vez, convencido de que el cine hollywoodiense no es la farsa que creo que es, que soy un talibán y que me autoproclamo un entendidillo en la materia, apoquino casi seis eurazos como seis soles para encontrarme con lo de siempre. Los clichés de lo políticamente correcto y lo previsible campan a sus anchas a lo largo de todo el film. Escasos diálogos brillantes y agujeros como los de la capa de ozono para enfocar el guión hacia la ética norteamericana.

Eso tenemos en Collateral, una obra destinada al lucimiento de Tom Cruise (como todas las suyas), sorprendentemente creíble como villano y con frenéticas escenas de acción milimétricamente rodadas que no deberían tapar la moralina que se supone querer plantear. Es decir, el quid de porqué hemos ido a ver el film.
A saber, Max (Jaime Foxx), un anodino taxista, recoge en una noche más a Vincent (Cruise), un sicario que le toma como rehén para terminar una ronda de cinco asesinatos encargados por un desconocido gángster. Casi a tiempo real, la violencia entrará a formar parte de la vida del taxista, obligado a presenciarla y participar en ella indirectamente, convirtiéndose, por supuesto, en héroe a la fuerza.

Así pues nos preguntamos, retóricamente, claro: ¿Quién es más cínico, el ciudadano de a pie, sencillo y pacífico o un despiadado asesino a sueldo? ¿Lo somos más nosotros por compadecernos de lo que sucede en las guerras foráneas, cuando en realidad nos importa un bledo, o lo es un hombre que mata por dinero a quiénes tampoco conoce? ¿Es la mentira piadosa, como la del taxista hacia su enferma madre, con objeto de complacerla, más sucia que el lenguaje de las pistolas? Lo que a nivel filosófico resulta un ejercicio de hiriente ironía en Collateral se queda en agua de borrajas por ceñirse al sempiterno código Heyss.

Al final de la película, mi chica casi me asesina.
No sé si por creerse Tom Cruise o por convencerla de pasar nuestra sabática tarde viendo Collateral.

 

Álvaro Fierro. noviembre '04

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