DOGVILLE

En palabras de Lars Von Trier esta película teoriza sobre la moral de una América que no respeta ni cuida a los perdedores, y lamentablemente, pese a la imagen que Estados Unidos pueda proyectar a través de su universo cinematográfico y literario, este país sigue desarrollando la política de un imperio que arrasa con culturas que no son la suya (Dogville podría estar en cualquier parte del mundo occidental). Frente al mítico “sueño americano”, la legalización de las armas, la xenofobia y la pena de muerte nos devuelven una imagen que se acerca más a la realidad norteamericana. Entre las lacras que este sistema defiende, el director danés se centra en dos muy interesantes: el poder y la venganza.
Un poder que se aprovecha de los débiles y que Trier despedaza y analiza de manera obscena, claustrofóbica, afirmando su pesimismo sobre la naturaleza humana. No importa de qué bando seas. El poder corrompe porque eres tú quien decide y nadie se atreve a juzgarlo por miedo a las consecuencias. El poder es individual, egoísta y arrogante. La virtud del más fuerte, que defiende la dignidad humana, el bien común y se enfrenta a los males eternos que ensucian nuestro mundo, se reserva a la literatura infantil o se proyecta en las superproducciones americanas de héroes atiborrados de palomitas y vestidos con banderas de barras y estrellas.

Por último la venganza, que ejercida por una mujer como Nicole Kidman se vuelve menos agresiva y más sutil. Soberbia en su papel nos revuelve y nos utiliza a través de la inteligencia del director para cuestionar nuestra doble moral siempre presente y castigarnos de forma tan cruel, reflexionando sobre lo que es o no justificable.
Me quedo con las siluetas de las casas que, pintadas con tiza, parecen esperar la llegada del “inspector-Dios” Nicole. El film bien podría ser el interrogatorio-juicio final al que necesita someterse la humanidad. La conclusión es aterradora. Sólo se salva el perro.

Luna. (dic'03)


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