Elephant.

Gus Van Sant, 2003
por Álvaro Fierro

La parábola de origen budista a la que el título alude (la claustrofóbica sensación de verse encerrado en un espacio de grandes dimensiones) ofrece, a priori, una idea de cómo va a desarrollarse el complejo (y manido) tema de la matanza del instituto de Columbine.

Los 81 minutos de metraje del film encierran la rutinaria vida de otro día más del citado instituto, desde la perspectiva de sus protagonistas, los alumnos, y los minutos previos en los que dos estudiantes perpetraran, vestidos de militares para más inri, la mayor masacre estudiantil de la historia. En lo que acierta plenamente Gus Van Sant es en no caer en la facilidad de tratar a los asesinos desde un tratado de psicología como se había realizado hasta ahora. Ellos son otros dos estudiantes más de un instituto con cheerleaders, jugadores de fútbol americano, adolescentes bulímicas y parafernalia patriótica.

Se sienten inadaptados como tantos otros, pero no asoman un mínimo de sospecha psicótica. Gracias a un travelling circular en la habitación de uno de ellos, mientras éste toca el “Para Elisa”de Beethoven, conocemos el arsenal que un chaval cualquiera puede guardar en su propio cuarto (la música dará precisamente como contrapunto la sensación de lo tranquilo y de lo cotidiano). Y con esa misma tranquilidad se levantan de la cama el día de autos, siendo conscientes de su muerte en pocas horas. Así, como un gran remolino, los momentos anteriores al suceso se van enroscando poco a poco, siendo consciente el espectador de todo lo que va a suceder. Un tempo, de carácter retrospectivo envuelve las escenas del día a día, encerrándolas, cada vez más, en un espacio tan amplio como los pasillos del instituto a través de larguísimos travellings, primeros planos y seguimientos exhaustivos a de las actividades rutinarias del alumnado que exasperan, incluso ahogan.

Como ya hiciera J.D Sallinger con esa obra maestra que es “El Guardián Entre el Centeno” o incluso más recientemente Steve Earle y su controvertido tema “John Walker Blues” (a propósito del talibán americano), el sistema americano no funciona en todos por igual, y menos en una edad en la que la madurez está por llegar, y los sentimientos de crueldad afloran como sólo los adolescentes conocen. Eso unido a la sencillez con la que es accesible un arma en el país de Bush (por abrir una cuenta corriente tienes la opción de elegir entre una semiautomática o una vajilla) dan lugar a esas estadísticas de muerte por arma de fuego que, por repetidas, quedan trivializadas en la información de cualquier periódico.

Álvaro Fierro (dic'03)


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