ROMA

por

Diego Rodríguez

1789. Ése, es el nombre de la casa del viejo profesor, que encarna Federico Luppi, en esa obra maestra que es “Lugares Comunes”. Este número es en sí una declaración de principios, una manera de encontrar tu lugar en el mundo sin tener que discutir con la almohada, como diría ese otro genio, es ser coherente con tus principios y como dice José Sacristán en el film, no tomarse demasiado en serio a uno mismo, es amar
con todas las consecuencias, es agradecer a todas las madres su sacrificio, su entrega sin contrapartidas, como decía Camus “…las madres son la humanidad…”, pero sobre todo es un símbolo que hoy en día hace falta no olvidar.
Tiempos éstos de falsos testimonios, de farsas sin sentido, de debates ridículos entre hombres ridículos, que no deberían interesarnos, y que sin embargo manejan nuestros destinos, nuestras esperanzas, tiempos estos de cierres y traslados, tiempos de derrota.

Por contrapartida Roma es amar la vida.

El film es irregular, brillante el comienzo con un Sacristán inconmensurable, con grandes momentos narrando la niñez y adolescencia, largo y pesado en la parte central con un guión que se pierde por momentos, y brillante el final, dejándonos con ganas de más, con necesidad de saber, de conocer más de esas vidas, de vivir esas vidas y olvidarnos de nuestra gris existencia durante unos minutos más de proyección. Aristaráin nos vuelve a regalar otra de sus perlas, es uno de los más grandes en activo, uno de los irreductibles.

 

Diego Rodriguez Octubre '04

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