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MOHAMED BAKRI
- ¿Habla usted árabe? - Sí, claro es mi lengua materna. En mi familia hablamos árabe. - ¿Qué son sus padres? - Mis padres son gente sencilla. Somos doce hermanos, siete chicas y cinco chicos. Todos son trabajadores. Mi padre era obrero. Tiene unos cincuenta años y mi madre 47. Pero parecen mayores. Mi padre ha trabajado muy duramente toda su vida. En las canteras. Mi abuelo, el padre de mi padre, murió en 1948. Le mataron en Saint Jean d'Accre durante un combate entre ingleses y judíos. En 1955/56, el gobierno nos arrebató todas nuestras tierras en Galilea para construir un gran kibutz. Y los árabes fueron expulsados. Así que a mi padre le sucedió como a todos, tuvo que dejar de trabajar.
- ¿Sus padres tienen el mismo sentido de la exclusión que usted? - Mis padres creen que no se puede cambiar las cosas. Piensan que somos
israelíes y que hay ser como todo el mundo. Piensan que hay que
ser leales a Israel y no meterse en política. Hay que ser "bueno",
defender a un gobierno "bueno" para no meterse en líos.
Mi padre se define como un verdadero árabe israelí. Pero
un árabe israelí es un palestino. Después mi padre
entró en la Histadrout y allí encontró trabajo
y le trataron bien. No dejaban de repetirle: "Cuando tus hijos
estén en la universidad, les ayudaremos". Él es analfabeto
y siempre me estaba diciendo: "Ya verás, cuando vayas a
la universidad… se te abrirán todas las puertas". - Entonces, ¿usted creció en ese clima? - En efecto. Me acuerdo que cuando iba a las manifestaciones mi padre me pegaba. No quería que fuese. Y no era el único. Todos los padres del pueblo se comportaban de la misma forma. Es lógico, porque quieren vivir. Tienen miedo y no quieren tener problemas. De hecho le tienen miedo a un gobierno militarizado. Mi padre siempre me decía que lo hacía por mí. Quería que estudiase, que fuera un buen chico. Era por mi bien porque yo representaba al futuro, y él quería que no pasase por lo mismo que él. - ¿Cómo tomó conciencia de su situación? - Fue al entrar en la universidad. Antes no había salido nunca de mi pueblo, que es un pueblo árabe. No tenía ningún contacto con los israelíes. No me sentía palestino, ni ninguna otra cosa. Vivía en el pueblo, no tenía ni idea de las diferencias, del abismo, de las desigualdades que existían entre nosotros y los israelíes. Así que cuando llegué a la universidad sufrí un verdadero trauma. - ¿Se acuerda usted del primer día? - ¡Me acuerdo perfectamente de todo! Estaba con un amigo. Además
es el mismo amigo que trabaja en "Hanna K.". ¡Interpreta
a uno de los cuatro fedayines que detienen al principio de la película!
Así que allí estaba con mi amigo que es del mismo pueblo
que yo. Íbamos de punta en blanco como si, de forma inconsciente,
tuviéramos que estar impecables para que nos aceptaran. Hacía
un calor insoportable y llevábamos un traje, una camisa blanca
muy bonita y una corbata. Era la primera vez que me vestía así
en toda mi vida. ¡Pero con el calor que hacía, éramos
los únicos que íbamos vestidos así! ¡Hacia
35 grados a la sombra y lo estábamos pasando fatal! Me repetía
a mí mismo: "¡Tengo que aguantar, tengo que aguantar!.
Tengo que ser parte de ellos". - ¿Es entonces cuándo empezó a hacerse preguntas? - Sí. En la universidad había dos clanes: el de los israelíes y él de los árabes. Cada uno iba por su lado. Eso te obliga a comprender ciertas cosas que antes no se te habían pasado por la imaginación. Porque todo el tiempo están pasando cosas, todos los días, todos los minutos ocurren cosas en tus relaciones con los demás. Sólo son pequeñas cosas de la vida cotidiana, pero acaban contando. Fue muy duro llegar a Tel Aviv después de la guerra de 1973. El simple hecho de ser árabe suscitaba rechazo, despertaba sospecha. Me veía obligado a cambiar de sitio cada tres o cuatro meses. Creo que si un israelí se instalara en un pueblo árabe le pasaría lo mismo. Tendría muchas dificultades para encontrar alojamiento. ¡Pero esa situación no se da nunca! ¡A nivel individual, por supuesto!
- ¿Y le ocurría lo mismo en los estudios? - Tuve suerte porque estudiaba teatro. En el departamento de teatro era el único árabe. Era un poco raro pero era mucho menos difícil para los demás. De todas formas, mis profesores me ayudaban y me animaban mucho. Puede que fuera porque era el único árabe. Debo reconocer que me ayudaron muchísimo. - ¿Cómo se le ocurrió ser actor? - No sé muy bien. Era un sueño que tenía de niño. En el pueblo había un proyector. Un proyector antiguo, muy básico con el que ponían películas. Me encantaba. Pero lo que yo quería era ser un héroe como les ocurre a todos los niños… En el colegio estaba decidido a convertirme en actor pero no me atrevía a decírselo a mi padre. Él quería que fuera "alguien". Quería que fuera médico o algo parecido. Así que fue muy difícil decirle lo que quería hacer. Creo que les di un gran disgusto a mis padres. De hecho yo también dudaba entre ser actor y abogado. Pero en la universidad no me aceptaron en la facultad de derecho. - ¿Por qué? ¿Suspendió el examen? - Sí, pero por muy poco. Es muy difícil entrar. Los exámenes son muy selectivos, y las condiciones de acceso también. Lo cierto es que yo quería ser abogado, pero no me admitieron así que me decanté por el teatro. - ¿Cuándo empezó a trabajar? - Cuando estaba estudiando ya hacía algunos papelitos en obras de teatro. Sólo papeles pequeños. - ¿Qué tipo de teatro? - Teatro de izquierdas. Sólo he trabajado en compañía de izquierdas. La última obra que hemos hecho trata sobre el problema palestino y la guerra del Líbano. Es una obra dirigida por Oded Kotler. Era la primera vez que palestinos e israelíes trabajaban juntos en un tema de actualidad. - ¿Es la primera vez que trabajaba con israelíes? - No. En Israel no existe teatro árabe. Si existiera, yo trabajaría en él, en mi propia lengua. En la actualidad trabajo en hebreo en compañías israelíes. - ¿Ha tenido problemas con las autoridades israelíes por culpa de sus actividades teatrales? - Lo que pasa en Israel es muy inteligente, muy sutil. Una mano te golpea y la otra te acaricia. Depende de quién eres y de dónde estás. Por ejemplo, si dijera en mi pueblo lo que digo en Tel Aviv me detendrían. - ¿Por qué? - Porque Tel Aviv es una zona democrática. Pero cerca de mi pueblo, en Galilea, hay una zona militarizada. Es muy diferente. En Israel se producen ambas situaciones. Si tienes problemas en Tel Aviv siempre puedes encontrar gente de izquierdas que te ayuda y además la gente te conoce. Pero si eres un señor "X" en Galilea y que te haces notar, te detienen y te castigan. Y nadie sabe nada. Las autoridades son mucho más estrictas. - ¿Ya le ha ocurrido? - Me acuerdo de una vez. Fue hace seis o siete años. Un hombre había construido una casa en el pueblo. La había construido sin permiso porque no hay forma de obtenerlo legalmente. Pero tenía que hacer su casa. Trabajó muy duro para hacerla. Pero después se la destruyeron. Y se volvió loco de rabia. Sufrió una crisis de nervios, empezó a insultar a todo el mundo, a la policía, al ejército. Le pegaron y le rompieron los huesos. Hoy está irreconocible. No es la misma persona. Eso no hubiera ocurrido nunca en Tel Aviv. Nunca. Ni en lo que concierne a los israelíes ni a los árabes. Pero Tel Aviv es la ciudad que representa a Israel en todo el mundo. Así que lo que ocurre allí debe ser ejemplar. - ¿Antes de hacer Hanna, sólo había trabajado en Israel? - Siempre he trabajado en teatros pequeños. Cuando Costa llegó, estaba trabajando en una obra de Oded Kotler. - ¿Cómo fue su encuentro con Costa? - Fue un agente el que vino a decirme que Costa quería verme. Me pareció muy amable. En nuestra primera entrevista hablamos un poco de la película, pero sobre todo de muchas cosas. Sólo charlamos. Costa me hacía preguntas y yo le respondía. Al final no me dijo que me había contratado para la película. Sólo me dijo: "Bueno, ya veremos. Haremos una prueba a ver qué tal sale". Así que hice la prueba. Después, Costa vino a verme al teatro. Y me respondió un mes después. - ¿Qué representaba para usted trabajar en una película de Costa-Gavras? - Era muy importante para mí. Primero, porque se trataba de Costa-Gavras y después porque era Costa-Gavras haciendo una película sobre el problema palestino, un verdadero sueño para mí. El ha materializado mi sueño. Lo ha hecho realidad. |