COSTA-GAVRAS


- ¿Cómo definiría Hanna K.?

- Hanna K. Es una historia paradójica que ilustra una situación.

- ¿Qué historia narra la película?

- Es la historia de una mujer, Hanna, que atraviesa una crisis, una crisis de identidad. Hanna se encuentra ante disyuntivas cruciales en su vida, de carácter afectivo… modo de vida… elegir un lugar para vivir…

- ¿Por qué una mujer? ¿Podría haber encontrado un hombre con el mismo tipo de problemas?

- Es sabido que los hombres ya tienen identidad y, por lo tanto, no necesitan buscarla. Pero Hanna K. no es sólo la historia de Hanna.
Es la historia de un palestino, Sélim, que para conservar su identidad quiere recuperar su casa y, a través de ella, su libertad.
Es la historia de un “sabra”, Josué, que no está dispuesto a compartir nada y que va a defender lo que ha conseguido cueste lo que cueste.
También es en parte la historia de Victor, el marido francés, que sigue enamorado de ella. Terminará perdiendo lo más importante.
Estos tres hombres totalmente diferentes, opuestos entre ellos, van a ser para Hanna ventanas abiertas al mundo y a ella misma.
Luego tenemos un quinto personaje: “La Tierra ‘Santa’” que es deseada con pasión por todos ellos.



- Parece que a Hanna le cuesta elegir.

- Elegir siempre es doloroso porque implica que hay que “renunciar” a algo. Deja a su marido por que no le llena y decide emigrar a Israel. Es una elección y como consecuencia de ella Hanna se enfrenta a una problemática nueva, para la que no está preparada. Lo que resulta interesante es que tiene la capacidad y la voluntad de adaptarse.

-¿Por qué elige Israel?

-Por idealismo… o a lo mejor porque quería proponerse un reto.

-¿Y usted?

-Franco Solinas y yo elegimos a Hanna y nos quedamos con ella, aunque si hubiera estado en Montecarlo no nos hubiera interesado.
Pero la historia de cómo empezó todo es una aventura larga y confusa, empezó hace mucho tiempo, es imposible precisar cuándo. A lo mejor cuando Claude Berri me propuso hacer una película basada en “O Jerusalem” (Oh Jerusalén) de Lapierre y Collins, aunque también tiene que ver con mi proyecto de hacer una película sobre “La Commune de Paris” (La Comuna de París) y sobre los excomuneros que fueron expulsados a Argelia y que, dada la coyuntura del momento que transforma las mentalidades, se convirtieron en colonos.
O quizá empezara cuando Léopold Trepper – me interesé por la Orquesta Roja– me contaba que cuando él, joven comunista polaco, llegó a Palestina, le sorprendió ver que los sindicatos judíos de izquierdas excluían a los árabes.
Franco Solinas y yo hablábamos sobre estos temas regularmente a lo largo de todos los años que colaboramos… y hacíamos películas sobre otro tema, sobre Latinoamérica con État de siège (Estado de sitio) o sobre las multinacionales con El Cormorán, pasando por M. Klein…
Y cada año los acontecimientos, un libro, un guión… o un visitante nos recordaba que no lo habíamos hecho, con una constancia que sólo tiene ese sentimiento de no tener la conciencia tranquila.
En el 78 Franco estuvo en Beirut en múltiples ocasiones, y a cada vez, volvía sobrecogido por lo que había visto pero también desencantado con la idea de escribir un guión.
Así que poco a poco se fue forjando la idea de hacer una película sobre una mujer como las que nos rodean.
Se llamaba Elizabeth y no sabíamos nada de ella.
Luego pasó a llamarse Judith… y por fin se convirtió en Hanna.
Desde entonces está con nosotros.

- ¿Cuál es su postura ante el conflicto israelopalestino?

- Yo creo que ante todo es un drama humano. Palestina distaba de ser “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra” tal como soñaban los precursores del estado de Israel.
Eso es lo que nos recuerda dolorosamente el personaje de Sélim, aunque sea verdad que su nacionalismo se ha ido intensificando a medida que se multiplicaban los enclaves judíos, como el de todos los palestinos.
Digamos que soy “doblemente sionista”, es decir, pienso que al pueblo judío le hace falta una patria, pero también le hace falta al pueblo palestino.
Y ese derecho -de ambos pueblos- pasa por el reconocimiento mutuo de ese derecho.
El resto sólo son palabras, destrucción y muerte.