JEAN
YANNE
- ¿Por qué ha trabajado en “Hanna”?
¿Qué es lo que le ha atraído de su papel?
- No es solamente un papel, es todo un conjunto. De hecho, concurrieron
todas las circunstancias que me llevaron a aceptarlo. En primer lugar,
se trataba de Costa-Gavras. Hacía películas de un modo
que yo no sé hacer y que nunca lograré hacer. Como actor,
intento trabajar en películas de directores que sean completamente
distintos a mí.
Además, la historia me pareció interesante y el hecho
de trabajar en inglés era para mí la ocasión de
lanzarme porque teniendo en cuenta el tiempo que hace que vivo en Estados
Unidos, ¡ya era hora de que me pusiera con el inglés! Otro
motivo fue Jill Claybourgh. Había visto sus películas
en Estados Unidos y es una actriz magnífica. Además, es
encantadora, aunque eso no lo sabía todavía. En todo caso,
me interesaba mucho como actriz.
Finalmente, el hecho de rodar en Israel. Es un país que conocí
hace diez años debido a un proyecto que finalmente no se llevó
a cabo. No había vuelto desde entonces y me apetecía ver
cómo había cambiado, cómo había evolucionado.
Además, no me gustan las películas que se ruedan en Francia.
Estoy a favor de rodar y desplazar al equipo a otro lugar porque así
se crea una especie de complicidad. A veces hay que trabajar en rodajes
en los que se acaba a las seis de la tarde y la gente se marcha en coche
a casa, pero yo prefiero que la gente esté lejos de los problemas
de sus hijos, de su mujer, o de su casa de verano. Así, cuando
se termina el rodaje, todos vuelven al hotel y se reúnen en el
bar. Se crea una especie de comunión y todos hablan más.
Lo he comprobado en mis películas y en las que he hecho con otros
directores.
- ¿Quién es Víctor, el personaje
al que interpreta?
- Mire, lo he leído todo al respecto. Todo Stanislawski, todos
los testimonios sobre el teatro, Louis Jouvet, los problemas del distanciamiento,
y he comprendido las teorías de Kazan. Y, sin embargo, no comprendo
una palabra de la forma en que los actores explican su papel. En cambio,
los directores pueden explicar un personaje o un héroe.
Los verdaderos actores viven dentro de su personaje un mes antes de
que comience el rodaje. Si son cirujanos, van a los hospitales; si son
espías, van a Quai des Orfèvres, etc. Yo no lo hago porque
espero a que el director me diga quién soy y lo que tengo que
hacer. Porque lo que vemos en la pantalla no es necesariamente lo que
hemos hecho: se rectifica durante el montaje debido a la intensidad
que ponemos, a detalles insignificantes y a las instrucciones que nos
da el director ya que tiene una idea en mente. A través de pequeños
fragmentos a veces consigue lo que busca, pero eso no significa que
el actor lo sepa. Son los directores o los autores los que pueden explicar
un personaje.
- ¿Antes de la película le interesaba
especialmente el Oriente Próximo?
- Fui periodista durante diez años, así que no puedo
evitar leer la prensa todas las mañanas y, cuando llego algún
sitio me gusta hacer algunas investigaciones. No son investigaciones
de verdad, sólo quiero enterarme un poco de lo que ocurre. Durante
el rodaje de “Hanna” no trabajé todos los días.
Tenía más tiempo libre que de costumbre y me dediqué
a pasear. Cuando se llega a un país, hay costumbres, hay cosas
que no comprendemos. En Israel esto ocurre multiplicado por 100 porque
la vida religiosa está tan mezclada con la vida diaria que influye
hasta en los detalles más nimios. Por ejemplo, el hecho de no
comer caliente el sábado, o de no mezclar los productos lácteos
con la carne. Yo sabía qué productos básicos son
kasher y no kasher, pero reconozco que no sabía que se podía
llegar tan lejos. En resumen, desde el momento en que uno se hace una
pregunta , esa primera te lleva a una segunda, y la segunda a una tercera.
Después, hay que leer libros, etc. Por lo tanto, yo he realizado
mis pequeñas investigaciones, pero también las haría
si fuera a la India y allí me dicen que una casta tiene derecho
a entrar en un sitio y otra no.
- ¿Le parece que la película se
parece a lo que ha visto en Israel?
- Lo que me interesa de la película es que no es una tarjeta
postal. Costa podría haber dado una imagen turística,
del típico destino de vacaciones del Club Med haciendo publicidad.
De hecho, sólo se ve Jerusalén, el muro de las lamentaciones,
una o dos veces y un poco las mezquitas. Pero también se ven
obras, grúas, la vida diaria de un estado de libre mercado en
pleno desarrollo. ¿No es así cómo se dice?
- Me refería más bien al plano
político…
- Mire, artísticamente, me parece que está bien. También
lo que se refiere a la historia, al desarrollo de las cosas. En mi opinión,
Costa no ha insistido, no se ha puesto demasiado melodramático,
ni tampoco demasiado político. Y eso me parece bien.
La película es sólo un retrato de algunas relaciones que
existen en Israel. No es más que un retrato de las relaciones.
Cualquier otro que no fuera Costa habría hecho algo diferente.
El cine es algo muy curioso. Me gusta mucho esta historia porque no
puedo explicarla. Hay que analizarla, y resulta complicado. Es lo que
le decía al principio. A mí jamás se me habría
ocurrido escribir algo así. Por ejemplo, yo nunca metería
un personaje como el mío. Es necesario que otra persona lo invente
para mí. En la vida real, yo pasaría completamente de
ella, no iba a perseguirla ni a volverme loco. Sé que hay gente
así. Pero ese no es el tipo de relatos que yo escribiría
a priori.
- ¿Costa tiene una forma de trabajar muy
diferente de la suya o de la de otros directores que haya conocido?
- De la mía, ¡sí! Es un método de trabajo
muy distinto al mío, pero no del de los grandes directores serios
y a los que le preocupa la película.
Antes de la película, no conocía a Costa. Y no sólo
no lo conocía, ni siquiera me había coincidido con él
antes de ir a Israel. No habíamos tenido la oportunidad de charlar.
Yo había leído muchas cosas sobre Costa-Gavras, y no todas
eran necesariamente justas. Sobre todo, había leído artículos
sobre su relación con Montand en los que vi que, dos meses antes
de comenzar el rodaje, quedaban muchas cosas por explicar, para comprender
bien al personaje. Me dije: “Espero que sea Montand el que quiera
hacerlo y no Costa porque si vamos a pasar dos meses hablando de lo
que vamos a hacer, cuando llegue el momento de ponerse a rodar no nos
va a quedar ni una pizca de espontaneidad. En todo caso, me he dado
cuenta que muchas de las cosas que me explicó Costa, estaban
claras, cristalinas, sin equívocos. Sabía muy bien lo
que quería y eso está muy bien porque esa es la esencia
de la relación que hay que tener con un director.
Mi caso es muy diferente porque yo no tengo en cuenta todos los sentimientos
porque hago cosas basadas en la sátira. No controlo a los actores
como debe hacer un director serio, sentimental y político.
Lo que yo hago es perecedero y, además, el objetivo es hacer
reír a los espectadores. Recurro a exageraciones y si los actores
son exageradas, lo añado a la película. Por ejemplo, “Tout
le monde il est beau…” era un auténtido disparadero.
Yo tengo que seguir el ritmo de los gags, no de los sentimientos. Aunque
a veces pasa… Como la caballería…
-Para un director, ¿es difícil
ponerse en manos de otro director?
- No, yo creo que incluso resulta fácil. Es como un médico
especialista en huesos que va a ver a otro médico especialista
porque tiene un problema en algún órgano ¡Los médicos
consultan a otros médicos, los dentistas a otros dentistas y
los directores a otros directores!
- ¿Le ha parecido difícil algún
aspecto de su papel?
- Sí, el inglés. Creo que nunca conseguiré hablar
inglés. Este año cumplo cincuenta años y cuando
pienso que en sexto ya había clases de inglés… han
pasado 39 años, debería hablarlo muy bien. Además,
vivo en Estados Unidos desde hace cuatro años. Mi mujer, que
no hablaba una palabra cuando llegó, ahora lo habla con fluidez.
Pero yo sigo teniendo un acento terrible. Pero Costa me subió
la moral enseguida.
Para mí, al principio lo más difícil era asimilar
que merecía más la pena hablar mal, intentar que colara
lo que tenía que decir, que realmente poner atención en
pronunciar bien las palabras. Me dije: “Es mejor interpretar bien
que hablar inglés bien. Después, ya veremos qué
pasa”.
- ¿Qué es lo que ha dado esa fama
de gruñón? ¿O es que realmente es un gruñón?
- No… la verdad es que no sé qué reputación
tengo.
- Yo se lo digo: ¡de gruñón!
- De acuerdo. Pues no sé a qué se debe. Incluso el equipo
de Costa dijo de mí cuando llegué: “Yanne, es un
caprichoso, monta escenas”. Pero no conozco el motivo porque nunca
me ha ocurrido algo así. Sinceramente. Ni siquiera en mis películas
pierdo los nervios, no me tiro de los pelos, no lanzo mi reloj por los
aires… ¡sobre todo porque me encanta mi reloj y no quiero
romperlo!
Pero sé que hay periodistas que nos consideran, a Costa y a mí,
dos extraterrestres que han llegado de dos planetas diferentes. Por
lo que se refiere a Costa, creen que se levanta todas las mañanas
angustiado, con la cabeza en tre las manos, diciendo: “”Polonia,
Chile…” mientras le tiembla la voz. Mientras que yo, según
ellos, ¡me levanto todas las mañanas dando fuertes golpes
en la espalda de todo el que se cruza conmigo!”.
- Quizás es que usted tampoco tiene pelos
en la lengua a la hora de decir lo que piensa…
- Pero eso ocurre en muchas entrevistas. Lo sé. Llevo años
haciéndolas. Una entrevista dura una hora o dos y luego luego
se conserva un cuarto de hora. Por lo tanto, hay que decir al entrevistador
cosas interesantes. Lo agradable pasa a segundo plano. Cuando alguien
dice: “Me llevo muy bien con mis compañeros, el rodaje
ha ido muy bien, el ambiente era excelente, es un placer trabajar con
gente de tanto talento…”, el entrevistador está pensando:
“Sí, sí, pero dime algo interesante”. Ahora,
cuando el entrevistado dice: “Bueno, se produjo un pequeño
incidente… hay un tipo que era no hizo más que fastidiarnos…”,
eso es lo que conserva el entrevistador. Obviamente, si sólo
se publica eso, la gente cree que tiene mal genio porque ¡mira
lo que dice de sus compañeros!
En mi caso, eso es lo que ha ocurrido. Además, es cierto que
digo lo que pienso, no porque sea un enamorado de la verdad, sino porque
luego no recuerdo las mentiras que he contado. Por eso, nunca cuento
dos veces la misma historia, así que he decidido decir la verdad,
así siempre digo lo mismo.
Hay una anécdota sobre Pauline Carton que me gusta mucho. Ella
siempre vivió en un hotel, toda su vida. Un día, llegó
un tipo para entevistarla para un programa de radio, y le pregunta:
“¿Vive en el hotel?
- Sí.
- ¿Hace mucho tiempo?
- Sí, 30 años.
- En todo ese tiempo, ¿sólo ha vivido en este hotel?
- Sí.
- ¿No tiene casa?
- No.
- ¿Prefiere el hotel?
- Sí.
- ¿No ha sentido nunca la tentación de marcharse del hotel?,
etc., etc, y durante media hora no le ha hablado de otra cosa.
Entonces, al cabo de media hora, ella le dijo: “¡¿Se
da cuenta que lo que me está preguntando no tiene ningún
interés?!”.
Siempre me ha gustado esta historia porque es cierto que, muchas veces,
yo también digo: “¡Sus preguntas no tienen ningún
interés!”.
- ¿Cómo se describiría a
sí mismo?
- Ahora, soy una persona tranquila y serena. Digo ahora porque cuando
se tienen veinte años, te pasas el tiempo intentando que te conozcan
y eres un creído. Después, uno se dice: “Soy un
genio. Lo que he hecho hasta ahora es fantástico. En la televisión,
en la radio, hablan de mí en todas partes”.
A los treinta, todavía seguimos creyendo que lo sabemos todo.
Empiezas a ganar más dinero, a estar satisfecho con lo que vas
logrando y seguimos siendo unos pretenciosos. Después, a los
cuarenta, te calmas un poco porque conoces a otras personas de tu misma
edad, que han triunfado y que son muy inteligentes (y no hablo de la
posición social ni del dinero) y, entonces, dices: “Vaya,
¡estoy por debajo de ellos!” y así se te bajan los
humos.
A partir de los cuarenta años, se tiene un trabajo. Eso también
es duro porque hay un momento en el que uno se dice: “He dedicado
muchos años de mi vida a hacer cosas frívolas, mientras
que hay personas que han desempeñado un papel más importante
en la sociedad”.
Y entonces llegas a los cincuenta y ¡sucede lo contrario! Cuando
te das cuenta que los políticos no son más que payasos,
se te acaban los complejos.
Ahora, me digo: “Prefiero contar tonterías siendo consciente
de ello y haciendo un esfuerzo para que resulten realmente tontas, bien
atadas, y bien llevadas profesionalmente.
Por eso, estoy tranquilo, sereno, calmado. Vivo en un país que
me gusta, con horarios que me convienen, con una mujer muy dinámica.
Por el momento, ¡no tengo ningún motivo para enfadarme
con nadie!…
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