MARIA TOLEDO
CAFE ESPAÑA - 1/4/05

El pasado viernes hubo una buena entrada, sin ser un llenazo a reventar de los que no son tan raros en el España, para recibir, a la joven intérprete manchega “María Toledo” que, según ella mismo dijo, no era la primera vez que andaba por los escenarios de nuestra ciudad. A la edad de quince años se presentó en Valladolid (veintidós cuenta en la actualidad).

Cantó un poco de todo la intérprete manchega: cantiñas, tonás, siguiriyas,bulerías, tangos, malagueñas, cantes de Levante, soleá; y todo lo cantaba con la misma soltura.

 

A la guitarra, todo un veterano del oficio: Paco Cortés. No se metió en líos, ni buscó la brillantez en ningún momento, no sabemos si por falta de afán escénico o de vergüenza torera o si, más bien, estaba dedicado a darle a la sonanta el brillo justo no fuese a languidecer el poco que emanaba del cante que acompañaba. María Rodríguez del Amo resultó tan joven y premiada, como sosa y acancionada por momentos. No hizo nada mal, todo muy de escuela: Tomás Pavón por aquí, La Perla por allí, que si la Trini, que si la soleá de Jerez, que si cómo se parece a veces a Carmen Linares...

Con todo esto no pasó de dar cumplida cuenta de su afición al cante. Canta bonito, solo bonito. Probablemente esto fue lo que premió el jurado de La Unión en el 2002, una juventud que se abre paso con afición y respeto por el estilo marcado por los maestros del siglo XX. Probablemente el premio fuese justo. ¿Y tras el premio qué?

Tras más de dos años por los escenarios con su premio internacional bajo el brazo María Toledo no dio muestras en el España de tener más pretensión que la de entretener a un personal más o menos dócil que es receptivo al cante “bonito”.

 

 

Por soleá, María hizo varias letras jerezanas que grabó en su día La Piriñaca, y me vino a la memoria aquello que le dijo un día a Caballero Bonal: cuando canto bien, la boca me sabe a sangre.

María Toledo, de momento, se encuentra alejada de cualquier riesgo de hemorragia interpretativa.

 

 

Crónica y fotos por Luis Angel Cañete y Maria eugenia Martin Maeso

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