Y es que hemos visto a Elliott Murphy muchas, muchísimas veces en directo por estos lares y nunca ha dado un concierto malo. Es cierto que con el advenimiento de la guitarra acústica como instrumento principal perdió punch, garra; sus últimos discos no son ya tan efectivos como antaño para revolvernos las tripas, aunque reconozcámoslo no ha perdido la habilidad para elaborar canciones por las que cualquier otro artista daría un brazo, si eso le permitiera crearlas.
Así, aunque sus últimos discos navegan por una suerte de rock & roll, para mi gusto, un tanto plano, en directo, y en el Kafe Antzokia lo hizo, destapa todas sus esencias, e imparte pequeñas lecciones de lo que debe ser un concierto de rock por actitud, por ganas, por repertorio y, sobre todo, por la forma que tiene de disfrutar sobre un escenario.
El Antzokia se llenó el jueves y la mayoría salimos con una sonrisa de oreja a oreja. El maestro sigue como siempre, su fiel escudero Olivier Durand saca chispas a su guitarra y encima pudimos catarlo con sección rítmica, no en vano se presentaron como Elliott Murphy & The Normandy All Stars. Esto da más empaque a su repertorio.
Empieza directo y al grano (“Continental kind of girl” y “Green River”), pero es en sus piezas más recientes donde se aprecia un pequeño bajón, quizás no de calidad, pero sí de intensidad.
Suenan menos contundentes pero, qué coño, eso nos ha pasado siempre con Elliott; el paso de los años siempre les sienta bien (salvo meteduras de pata en forma de disco que todos conocemos) y acaban encajando estupendamente en sus setlist.
Es lo que pasa cuando un artista tiene esa cantidad de CANCIONES; todos esperamos que toque “esa”, un espontáneo le pide “esa otra” y así hasta el hartazgo.
Pero Elliott Murphy va a lo suyo y así ha sido siempre; valora el presente y acude al pasado cuando lo considera necesario o cuando quiere dar otra vuelta de tuerca a un concierto. Y lo consigue, vaya si lo consigue.
De esta manera se desarrolló el ejecutado en el Antzokia, con picos de pasión y momentos más tranquilos pero sin dejar de tocar la fibra al personal. Fin de fiesta con un “Diamonds by the yard” un tanto desdibujado y llega el momento del bis; y qué bis, 55 generosos minutos de más rock & roll, donde tuvo cabida, nuevamente, el rock primitivo y los momentos más intimistas con especial incidencia en un “Drive all night” tocado a pelo, sin micrófonos, sin enchufar, casi susurrado, que puso fin al concierto. |



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