LEONARD COHEN
Jueves 17 de septiembre en BEC -Baracaldo - Bilbao.

 

Otra leyenda más visita el País Vasco (sólo nos ha quedado por disfrutar este año de John Fogerty) y no una cualquiera. Leonard Cohen pasó por el B.E.C.  de Barakaldo (25 años después de su última visita) y lo hizo dignamente, sin caer en la banalidad y en la caricatura de uno mismo; lo hizo con paso firme, en un estado de forma excelente y respaldado por una banda estupenda, formada por excelentes instrumentistas (el aragones Javier Mas demostró porqué tiene la reputación que tiene) y por un coro que, a la vista de lo acontecido, podemos decir que es de lo mejor que hemos podido ver por estos lares; las hermanas Webb y Sharon Robinson estuvieron a la altura y supieron arropar al  cantante en los momentos de “debilidad”, sobre todo teniendo en cuenta que se marcó 3 horas y 10 minutos de concierto real, con un pequeño parón en el medio.

Que tomen nota “otros” de lo que es una gira de regreso. Parece ser que lo hace para tener liquidez, después de que una representante sin escrúpulos lo desvalijara mientras él pasaba los años en un monasterio budista pero la diferencia es que esta gira está ofreciendo la imagen de un artista maduro y jovial, con ganas de pasarlo bien, que no está enfadado con el mundo y que ofrece a sus seguidores todo aquello que han ido a buscar, que no es poco teniendo en cuenta el catálogo en forma de canciones que atesora. La voz no es la de antes, evidentemente, ha perdido matices aunque, por otro lado, tiene más poso, más cuajo, está más asentada y ese tono grave medio recitado lo borda.

El B.E.C. tuvo una entrada muy aceptable y muchos entraron empezado el show después de toparse con un atasco monumental debido a un accidente en las cercanías del recinto. A las 21:30 con puntualidad canadiense, en este caso, entró Cohen con una sonrisa de oreja a oreja, simpático, y atacó el “Dance me to the end of love”; instrumentación excelente, unos coros que ya nos dejaron ver por dónde iban a ir los tiros toda la noche y la voz grave que ya ha quedado como marca de identidad del artista, acompañado de una actitud irreprochable encima del escenario (baila, se agacha, gesticula, actúa e interactúa con el público y con sus músicos a los que no paró de alabar en toda la velada).

Y así, uno tras otro, fueron cayendo todas las canciones que, para qué vamos a negarlo, íbamos a buscar: “Ain’t no cure”, “Bird on a wire” donde Javier Mas encajó un solo espectacular aperitivo de lo que escucharíamos un poco más tarde, seguido de otro del encargado de la sección de viento no menos imponente (le daba a todo armónica, saxo, flauta… y teclados) y, sobre todo “Everybody knows” una canción que empezó casi como una letanía y acabó espectacular con unos coros in crescendo y la inclusión de un solo de steel guitar que encajó a la perfección.

Sharon Robinson cantó el “In my secret life” y al acabar, en ese momento, todo se paró y Javier Mas inició un solo de guitarra magistral que nos dejó patidifusos (silencio reverencial), con la banda en silencio, discreta y prácticamente sin moverse. Un respeto que bien mereció la pieza, ejecutada con sentimiento, hondura y un dominio de las 12 cuerdas impresionante.

Daba inicio así el final de la primera parte del concierto, enlazando nuevamente varios temas de su particular “grandes éxitos”, donde descolló a gran altura “Waiting for the miracle”, un Cohen activo mirando cara a cara al público, con unos coros estratosféricos y un nuevo solo de guitarra del Sr. Mas marca de la casa. El resto de canciones a mi no me dijeron demasiado, quizás fuera el cansancio del artista, pero tenían menos fuelle, eran más planas y salió del paso gracias nuevamente a los coros y sus solistas, lo que le permitió salir del escenario bailando, (sí, literalmente, con una sonrisa otra vez, de oreja a oreja) y entre el aplauso generalizado de la concurrencia. Disfrutamos de lo lindo.

Tras un cuarto de hora de descanso (bocadillos entre el respetable, como en el fútbol) vuelta al tajo, esta vez con un minimalista “Tower of song” con Cohen a los teclados y una discreta base de ritmo que enlaza con el “Suzanne” y “Sisters of Mercy” de seguido. No sé, me parecieron flojas, por comparación con el resto, no por las canciones evidentemente; su sencillez, su desnudez en disco es lo que las hace grandes pero son muy difíciles de plasmar en el contexto de un concierto vitalista como el que estábamos viviendo. Pero quizás ese bajón sirvió para coger impulso.

Cohen y su grupo desplegaron nuevamente todas las velas y ejecutaron la que fue, en mi opinión, la mejor canción de todo el concierto “The partisan”; como escarpias se me pusieron los pelos ante una interpretación sentida, honda, pero, a la vez, modernizada, con una orquestación que le vino de maravilla, los coros, todo. Sencillamente impresionante.

A partir de aquí la locura, Sharon Robinson tiene su momento con “Boggie street” y nos transporta a un antro de jazz envuelto en humo, con el bourbon corriendo a espuertas, y después las versiones del “Hallelujah” y “I’m your man” que la gente coreó, y que Cohen teatralizó con una interpretación sentida, ayudado por todo el público a los coros. La ovación final fue de época, pero el final andaba cerca y “Take this waltz” puso el colofón a la parte “oficial” del concierto con un B.E.C. rendido al maestro canadiense (con permiso de Neil Young, lo mejor que ha parido ese país musicalmente hablando).

Ya en los bises, el orden que había imperado se deshace, todo el mundo se pone de pie, se acerca al escenario y disfruta, disfruta mucho con “So long, Marianne” y “First we take Manhattan” en el primero y con “If it be your will” cantado por las Webb Sisters y “Closing time” como traca final en el segundo. Pero no, tras irse, bailando como cada vez que abandona el escenario, Cohen regresa y, con todo el grupo (incluyendo a los técnicos de guitarras, etc) en el frente, se marca un fin de fiesta que nos dejó a todos un sabor de boca difícil de igualar en los tiempos que corren.

Por Lorenzo Larrypas

 

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