JOHN MAYALL

TEATRO CAMPOS – BILBAO 23/05/2010

Una leyenda viva del blues blanco, un inglés que ayudó lo suyo a que este tipo de música y sus principales baluartes negros fueran conocidos mayoritariamente por el público europeo, un individuo que tuvo entre sus guitarristas a lo más granado de las seis cuerdas (Clapton, Peter Green y Mick Taylor) y que, con ellos, ejerció de maestro de ceremonias a lo largo y ancho de medio mundo, nos visitaba el domingo en un remozado Teatro Campos al que quitaron las butacas de platea para sorpresa de muchos. Y allá que nos fuimos a ver qué nos deparaba el bueno de John Mayall que es a quien nos referíamos claro.

Y qué le vamos a hacer, la cosa no cuajó. A Mayall se le ve mayor, no en vano lo es, que para eso cumplirá en breve 77 primaveras, pero el problema es que se le notó en demasía. Pocos ataques a la armónica, una voz gastada por los años que no llegaba donde antaño, aunque se le podía perdonar, y un roce de los teclados que dejaba entrever la fragilidad de la que hablamos, sobre todo en comparación con el otro teclado que sí sacaba chispas de su instrumento. Sus escuderos, pues eso, buenos instrumentistas, pero poco más. Poca presencia escénica, poco feeling y poco blues, en definitiva.

En esta tesitura el concierto devino en lo que se esperaba: idas y venidas al semillero negro del blues. Versiones de Otis Rush, Albert King y Sonny Boy Williamson entre otros, pero alargadas en demasía (pocas o ninguna habría que bajara de los ocho minutos, aunque no los cronometramos), dilapidadas en aras del lucimiento de los músicos. Solos de guitarra por aquí, de teclados por allá, así hasta llegar a la canción que le hizo famoso y con la que terminó el concierto: “Room to move”. Y qué decepción. Atacada sin fuelle por el propio Mayall, devino en una especie de jam session sin ton ni son, en la que tuvo cabida de todo, presentación de grupo y solo de batería incluido (habría que propugnar una plataforma por su desaparición). Pero mira por donde nos sirvió para conocer algo todavía peor que un solo de batería: un solo de bajo. Algún otro hemos sufrido pero este tuvo que estar cerca de los cinco minutos y eso son palabras mayores, como para haber alterado gravemente las pocas neuronas que nos quedan. Eso sí, igual hay que plantearse los gustos, ya que la peña rugió enardecida al final de mismo; vamos, que gustó.

Mira por donde, lo que más nos gustó fue el bis, un instrumental, “Hideaway”; al fin y al cabo ahí podrían tener más sentido los largos desarrollos instrumentales. Aunque tampoco fue para tirar cohetes. Oportunidad perdida, por tanto, de ver y disfrutar de una leyenda, que nadie le quita lo suyo.

 

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