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Vuelven los vaqueros a la carga, vuelven a estar de moda y no sólo en ETB donde un ciclo rinde homenaje a ese género cinematográfico. Los vaqueros se colaron el pasado jueves 20 en el Kafe Antzokia bilbaino de la mano de uno de los grupos señeros del género; un grupo que en la década de los 80 reinventó el, llamémoslo country, retomando el punto de partida, la melodía, para luego dejarla echa unos zorros después de pasarla por la trituradora de ritmos que eran en aquella época: Jason & The Scorchers.
Los más conservadores seguidores del género se llevaron las manos a la cabeza pero muchos fuimos los que disfrutamos con lo que salía del combo country-punk más eléctrico de su época. Y en cierta manera hay que reconocer que marcaron el camino, la senda que luego seguirían muchos jovenzuelos ávidos de deglutir la tradición a ritmo de guitarra, bajo y batería, la formación perfecta para eso que los del stetson encasquetado hasta los ojos detestaban, el rock & roll.
Siete largos años desde que se pudo disfrutar a Jason Ringenberg en el Azkena Rock Festival. Y muchos más desde que publicaron sus últimas pastillas vitamínicas en forma de vinilo negro, formato que nunca nos cansaremos de reivindicar (aunque parece ser que ellos lo tienen claro y en el merchandising brillaban por su ausencia).
Pero el 2010 deparaba una sorpresa y, tras más de 20 años sin material nuevo, Jason y el guitarrista Warner Hodges regresan y reinventan de nuevo el grupo con dos nuevos escuderos al bajo y batería, para dar a luz uno de los que, sin ninguna duda, será uno de los mejores discos del año, “Halcyon times”. No inventan la rueda, desde luego, pero, para sorpresa de todos, siguen sonando frescos y potentes, lo que en los tiempos que corren no es poco.
Pero ya se sabe que en los 80 y primeros 90 Bilbao era un solar en materia de shows en vivo y, como el propio Jason se encargó de recordar, los Scorchers nunca pisaron suelo bilbaino. De ahí que la peña tuviera ganas de degustar el rollito canalla que supura la banda por todos sus poros (a años luz de la última época de Ringenberg sorprendentemente dedicada a la creación de música para niños). Si a eso le añadimos que el grupo salió a morder, a dejarnos acogotados desde las primeras notas, el resultado no podía ser otro que un auténtico fiestón.
Y es que desde que la banda atacó los primeros acordes de “Mona Lee” se vió por donde iban a ir los derroteros de un concierto que en ningún momento perdió punch: presentación de su último disco y regresos al semillero de temas cañón que fueron sus primeros discos. Con un Jason Ringenberg, maqueado para la ocasión, que no paró en toda la noche, que derrochó energía a espuertas y que está claro que es la base sobre la que se sustenta todo el cotarro. |