POSTULADOS DE LA PINTURA por Fernando Francés John Graham entendía que la pintura no representativa encontraba sus bases filosóficas en Jung; algo que Rothko, Gottlieb y posiblemente también Pollock entendieron en la construcción de su mentalidad intelectual. Pero lo que verdaderamente me interesa es la visión de Rothko quien indudablemente hace posible su pintura dotándola de una importante presencia de lo que podríamos entender como impronta espiritual. Sobre la actitud de éste, Irving Sandler escribió “debido quizá al respeto a la necesidad del espectador de experimentar su propia condición, Rothko permite a éste una cierta libertad de respuesta a través de su modestia y reticencia”. Max Weber afirma, por otra parte, que “la imaginación o concepción de una composición de formas o de una particular gama de color en un rectángulo dado, no es cuestión de medios, sino una visión espiritual interior”. Este es el aspecto que me interesa especialmente y que, sin embargo, ha sido experimentado por muy pocos artistas abstractos. En los cuadros de Rothko posteriores al cincuenta, la aparente simplicidad estática produce en el observador de sus cuadros, una compleja reacción mental y unos sentimientos muy introspectivos y casi espirituales. Hay que tener presente que Jung estuvo íntimamente relacionado con Freud aunque luego se distanciasen por discrepancias sobre la acción sexual de la pubertad. Esta influencia inicial subyace en el comportamiento del espectador ante los cuadros de Rothko, impresión que se repite igualmente ante la obra de Javier García Prieto. Un pintor en el que coexisten varios pintores o, mejor dicho, un pintor hecho a partir de diferentes sensibilidades complementarias. Su obra está dotada de una sobresaliente presencia espiritual que provoca en los espectadores especialmente sensibles, una enigmática complicidad. Él es uno de los más sorprendentes representantes de esa pintura abstracta minimal, honesta y auténtica que hoy ha encontrado un momento especial en el ámbito internacional. La del pintor siempre ha sido una tarea de índole personal. La virtud de pintar tiene más que ver con la capacidad de volcarse en un lienzo que con la manera de hacerlo. Hay quien se obsesiona con defender la pintura como una acción que tiene por objeto representar la naturaleza, otros incluso han llegado a intuir que el fin es la búsqueda de la belleza. Hay profetas que avanzan ya la muerte de la pintura porque debe ser imposible que la pintura acepte un discurso conceptual. Para ellos este medio resulta anacrónico. Otros pensadores advierten que la impronta del pintor, su fuerza o delicadeza, su gesto y siempre su temperamento deben quedar reflejados en la obra y que ésta, si es pintura, refleja mejor que ninguna otra técnica la manifestación creativa. Es muy posible que todos tengan su parte de razón aunque pienso que es una parte tan escasa que no merece consideración alguna. La pintura tiene tanto futuro como lo tiene la capacidad creadora del ser humano. Fue la primera manifestación creativa del hombre que se conserva y además, es posible que desde un principio el artista no sólo le interesó “copiar” lo que le rodeaba sino que, para él, esta acción tenía también otras consideraciones. Que entiende que la del pintor es una tarea semejante a la del explorador piensa como yo. Me interesa el pintor que explora y desarrolla dando satisfacción a su capacidad de curiosidad insaciable e inagotable. Una de las características más importantes de todo pintor insaciable es la de ser infiel a sí mismo. Recuerdo aquella frase de mi admirado amigo Francisco J. De la Plaza a propósito de la obra de García Prieto “vive la pintura con casi todas las preposiciones... interpuestas entre los pronombres”. Prácticamente todas las reivindicaciones que se pueden hacer de la pintura, han tenido su tiempo en la obra de García Prieto dotándola de una importante personal absolutamente propia, sin matices ni excepciones. Su búsqueda siempre ha tenido como último fin el encuentro con los aspectos que el pintor ha venido considerando como esenciales y que coinciden con una progresiva minimalización de su trabajo. Su obra ha sido una huida permanente: escapar del artificio y de las anécdotas superfluas ha venido siendo una constante en sus diferentes etapas especialmente de los últimos diez años. Un paseo por la obra de todo este tiempo evidencia esa necesidad imperiosa y casi vital de encontrar lo elemental no sólo del acto de pintar sino también del objeto, del cuadro. De la misma manera su proceso ha sido de alguna manera paralelo al de las últimas corrientes internacionales de la pintura. Si a mitad de los ochenta su pintura estuvo caracterizada por la presencia de la figura y por una apariencia levemente expresionista tanto en el gesto como en la plasticidad general, los trabajos posteriores comenzaron a interesarse más por una cierta preocupación conceptual a la que ha sido fiel hasta el momento. Romper con los elementos efectistas, y encontrar el sosiego en espacios dominados por un interés por lo abstracto a principios de la década y una cierta presencia figurativa como la exposición “Formas lineales, espacio dual” a partir de 1998 han marcado el inicio de su ruptura con una etapa de cierto expresionismo nórdico. Posteriormente su pintura ha encontrado un espacio personal y propio marcado por tres cuestiones que se complementaban y construían un todo. Por un lado la estructuración del cuadro a partir de ciertas figuras básicas como el cuadrado y el rectángulo que lejos de ser únicamente una formulación compositiva se constituían como base temática. Por otro lado le eliminación del uso del color hasta la monocromía y, por último, la progresiva reducción textual hasta llegar al límite de la no-pintura. Este camino emprendido en solitario por García Prieto –las fechas de los cuadros, las exposiciones y los catálogos lo verifican-, fue seguido después por otros muchos pintores españoles de mucho mayor conocimiento público. Las obras actuales se podrían entender como evoluciones de estudios y reflexiones sobre formas elementales de la naturaleza que evidencias una sólida preocupación de carácter intelectual. Es evidente que progresivamente su obra se ha hecho más elitista y difícil pero al tiempo más sólida y auténtica. La obra actual es indudablemente consecuencia de su pasado artístico, de su memoria y sus descubrimientos que le han dotado de un mayor compromiso con el concepto y una apuesta absoluta por el ejercicio de la pintura. Su obra actual es un compendio entre su sólida experiencia y sus reflexiones: la presencia de ciertas composiciones basadas en formas sencillas y elementales como el esqueleto de un árbol y las hojas de una planta; la mínima utilización del color; la presencia ineludible del negro y los colores de la tierra que catalizan el resto de presencias cromáticas; la acuosidad exagerada que remarca una intención de velar las ya mínimas “presencias”... Es quizá ésta la exposición de la libre expresión. Coincidiendo en sus lienzos, algunos de pequeño formato 60x70, tenues pinceladas con rasgados y zonas opacas con otras absolutamente traslúcidas. Ahora sus trabajos se debaten en pequeños matices y variaciones apenas perceptibles a los ojos del espectador pero que suponen un avance en su camino hacia el minimalismo y el encuentro con la esencia de la pintura. Este camino ha sido muy asumido por el público y los teóricos en los ámbitos de la escultura y la instalación pero es verdaderamente muy novedoso en sus antípodas, en la pintura. Lejos de una primera y vaga aproximación de la obra de García Prieto no puede considerarse como abstracta (desde un punto de vista absolutamente generoso y amplio), aunque hay quien ha querido vincularla a los procesos de una pintura lírica. Muy al contrario en su trabajo aparece continuamente un resorte figurativo que comparte una presencia de la naturaleza con formas primarias que recuerdan tanto los conglomerados vegetales musulmanes como las intenciones de los pintores orientales más próximos al zen. Estas presencias de lo natural, nos recuerdan igualmente que su apuesta por la abstracción no es del todo firme y, que su voluntad se pliega a los caprichos de una misteriosa figuración que sólo es perceptible, en su valor simbólico y por tanto no representativo (este es obvio) cuanto existe una complicidad entre el pintor y el espectador. La función de un texto
de estas características no debe sólo ser un libro de
instrucciones que marque ciertas pautas, ciertos códigos para
profundizar en el trabajo de un artista sino que además debe
ser una invitación para que quien visite la exposición
se deje cautivar. El “mirón” de cuadros es al tiempo
un ser seducible, una tentación para el cuadro y mi papel de
Celestina comprometida me hace esperar ese instante con inquietud. Mi
misión no es otra que facilitar el encuentro. La pintura de García Prieto es por lo anteriormente señalado un trabajo que nace de sí misma, que encuentra su desarrollo en su propia evolución y que es, en definitiva, causa y consecuencia de ella y de la relación que ha venido teniendo durante años con el pintor y el espectador. Sin embargo no debe ser entendida como una pintura agradecida del pintor y complaciente con el espectador. Muy al contrario, su sobriedad, su escasez de medios, su parquedad le confieren un aspecto de temible intelectualidad. Los planos, las sencillas referencias a la naturaleza, aquellos anteriores nadadores que se presentaban como hurtados de un paisaje onírico, plantean problemas que, por antiguos, aún no han encontrado toda las respuestas. Esta es una de las razones por la que García Prieto plantea su reflexión y su investigación de una manera sistemática y seriada. Subyace en este método una intención epistemológica lejana de la idea bohemia y temperamental de la mayoría de los artistas contemporáneos. Las ramas, las composiciones, las horas, las relaciones entre las formas, no surgen por casualidad. Hay una intención en cada estudio, en cada resultado. Tampoco existe improvisación en el uso del color. Los diálogos entre los colores o entre las degradaciones tonales de un mismo color son el resultado de complejos desarrollos intelectuales y plásticos. De igual manera la pincelada adquiere el control y la fisonomía apropiada en cada serie para conseguir aquel resultado esperado por el artista. Todo está relacionado, todo participa del proceso soñado. Pero incluso en esta situación la pintura aún es capaz de sorprender al pintor y, cuando no, aún le sorprende la visión y la interpretación del espectador. Pero, en su caso, lo que más interesa es descubrir ese instante, ese lugar no medido, en el que pintor, obra y espectador se funden en un mismo debate, en un mismo objetivo. Tanto el pintor como el espectador sensible tienen sentimientos semejantes ante la realidad-pintura. El punto de encuentro es aquel donde la sonrisa cómplice se hace posible, aquel donde el espíritu del cuadro genera emoción. Ante la pintura de García Prieto, el espectador no sabe bien que aspectos valorar más, sin aquellos de origen gestual y expresionista, aquellos que tienen que ver con la pincelada y el gesto o, si por el contrario son los aspectos formales, las composiciones y los planteamientos reduccionistas en el empleo del color. Pienso que todos tienen la misma importancia. A todos se debe la originalidad y personalidad de esta pintura. Pero, de cualquier manera, no puede sustraerme al dictado de mi retina y mi subjetiva sensibilidad. Hay en la pintura de García Prieto, un aspecto minimalista que me preocupa de especial manera. El ha sabido, como pocos artistas moverse en los márgenes de lo inexplorado con una intencionalidad totalmente singular. Hay en su apreciación de la pintura, un deseo totalmente singular. Hay en su apreciación de la pintura, un deseo de búsqueda de lo verdaderamente fundamental de la esencia de las cosas, aunque ésta se encuentre en los límites de lo plausible. La frecuencia de estas aventuras, no se nos escapa, es más propia de las instalaciones y de la escultura. Es por ello que la pintura de García Prieto manifiesta singularidades propias que propician aquella emoción anteriormente aludida. Un sentimiento de complicidad del que es complejo escapar. Él es fundamentalmente un artista moderno, un artista al que gusta correr riesgos, explorar lo que parece más complicado: aquellos territorios de su propio trabajo aún desconocidos y que, de alguna manera, pueden, todavía reportarle nuevas sensaciones. Por tanto él debe ser considerado un artista contemporáneo esencial, entendido este término desde una visión cercana a la de André Gide para quien un creador contemporáneo es aquel que tanto por lo perspicaz de sus inquietudes estéticas y éticas como por lo renovador de su lenguaje le sirviese de punto de referencia. Fernando Savater también ha reflexionado sobre este mismo matiz de lo esencial absolutamente aplicable a García Prieto. Entiende que ser contemporáneo esencial exige una aproximación carnal con los otros, exige imaginación, inquietud por lo cotidiano (léase cine, literatura, arte, etc.) y no sólo por lo sublime o lo grandioso, exige un raciocinio que conozca la pasión y el éxtasis y, requiere sobre todo capacidad para sorprender, aquella que nuestro pintor desborda. La pintura de García Prieto no es consecuencia de la casualidad. Por el contrario desde sus orígenes una singular intuición ha guiado al persistente explorador en busca de un discurso más auténtico y sugerente. Vagar en el paisaje y establecer un diálogo tan creativo y pletórico como aquellas obras mitad cubistas mitad constructivistas, mitad pop o mitad expresionistas de mediados de los ochenta, no parece tarea fácil. Ya desde entonces su universo pictórico se ha orientado al encuentro con lo sutil, con lo poético. Se ha llegado a hablar de su pintura como de la lírica misma o incluso se ha pensado que cuando ésa se hace pintura solo puede serlo en los cuadros de García Prieto. La anécdota es ya infrecuente, su extinción total en las últimas obras es un hecho. La abundancia de la figura, habitual en su obra durante años, se desvaneció en el paisaje unos años después hasta llegar a ser la radiografía de un ser. Luego la atmósfera adquiere un protagonismo total y en consecuencia la ambigüedad en su discurso surge como una necesidad vital e incuestionable. Su pintura comienza a no seguir los cánones de la representación sino a cuestiones más sutiles pero ajustadas a un orden de carácter racional. García Prieto, fiel a esa condición de explorador aludida con anterioridad y obstinado investigador, se enfrasca en una ardua tarea: la de medir correctamente la cantidad de elementos que han de conformar el universo de cada cuadro. Esto que en principio parece un ejercicio sencillo e intrínseco a la labor del pintor, se transforma en una obsesión vital y causa original de una estética tan personal como comprometida. El resultado no ha podido ser más contradictorio pues cada vez han sido menos los elementos que articulan la veracidad del cuadro. La libertad casi ilimitada de acción, el encuentro con nuevas texturas, la limitada presencia del color en su obra sin ningún prejuicio, la aparente pérdida expresiva y comunicativa de la imagen y, aún más importante, la voluntad de ser coherente, desde la consciencia, con su propia intuición marcan el camino de la más reciente obra de García Prieto. Su vocación dialogante se hace igualmente patente desde el momento en que para él, pintor y pintura no son ajenos a la realidad social y sus cambios. El compromiso tanto con la abstracción y con se constata de la misma manera en cada una de sus últimas exposiciones y supone una obligación contraída con su nuevo y personal discurso poético. Parece evidente que el eclecticismo puede ser la sintomatología más próxima, la más definitoria de la modernidad. Tras la euforia de los ochenta cuando parecía que el arte debía ser un cajón de sastre donde sólo tuviesen cabida las manifestaciones en las que se evidenciase el sentimiento del artista, su entorno próximo y su mundo personal; cerrado un período en el que la espontaneidad fuese un logro y la aportación de la propia visceralidad la vía para reencontrarse con un movimiento expresionista en auge, se ha entrado en una etapa en la cual no vale seguir caminos ajenos, experiencias singulares de otros países, sino que el fin está en el reencuentro con la propia idiosincrasia. Reflotar una manera de pensar y de vivir, rememorar y revitalizar ciertos valores clásicos de la pintura se convierten sin duda en una de las directrices fundamentales de este fin de siglo. Indudablemente García Prieto es uno de los artistas españoles que reúne todos los elementos de este paisaje de los noventa. Indudablemente él es posiblemente el artista que ante la ruptura de las dimensiones y el aperturismo total de las manifestaciones creativas, se mantiene en la propuesta más clásica del pintor. El gusto por la pintura, por el ejercicio de investigar en la estética y en el misterio son valores que sino están perdidos si está pretendiendo relegarlos por determinados sectores artísticos. Esto que pudiera parecer un anacronismo no es sino el reflejo de un estado social contemporáneo. García Prieto se ha desmarcado del puritanismo general de compromiso con la sociedad y con los grandes principios artísticos y solo inició un nuevo estilo de trabajo (ahora seguido por otros muchos artistas) en el que la abstracción lírica basada en una conjunción de energías y de un proceso encaminado hacia la búsqueda de la esencia se ha convertido en la propuesta más singular y desde luego en una de las de mayor compromiso personal. García Prieto no pinta para copiar sino como una actividad vital y mental. El carácter personal que siempre subyace es la vida misma. No representa, vive la pintura porque ésta no es una copia de la naturaleza, de lo ajeno, es la propia naturaleza, su propia vida. Su pintura no está al servicio de ninguna de las directrices de los artistas que hasta el momento habían utilizado la pintura como representación. El pop art utilizó imágenes del “Lejano Sur” a modo de reclamo publicitario y denuncia. Pero la cuestión mental de García Prieto es conseguir un orden diferente en su obra que no esté al servicio de nada. El cuadro tiene una vida propia y aceptarla es, más que un reto, una unión con la naturaleza. Ahí su pensamiento se aleja absolutamente de modas y tendencias encontrando la singularidad. La gran revolución de Duchamp no tiene demasiado que ver con sus ready-mades ni siquiera con su posición personal ante el mundo. Posiblemente lo que verdaderamente tiene valor, su gran aportación, fue el primar la idea sobre su representación. Aunque ciertamente se le ha vinculado con Leonardo quizá por sus dibujos para La Novia y por su común interés por lo científico, existe un común denominador que aún les relaciona con mayor intensidad y es un concepto paralelo de la pintura. Leonardo afirmaba que la pintura era una cosa mentale mientras Duchamp entendía que la pintura debía estar a disposición de la mente. García Prieto no sólo piensa sino que lo siente. La escasa representación (unos bañistas raptados de otros tiempos o una quimas ahora) que se presenta en la pintura de García Prieto simplemente es un guiño al espectador. Un engaño piadoso y cautivador mediante el cual el estremecimiento retiniano al que también aludía Duchamp, supone la sugestión de un hechizo mágico. Hacer patente lo obvio no tiene nada de particular pero negar lo real mediante el engaño resulta sugestivo y morboso. No puedo menos que recordar la recurrente obra Esto no es una pipa de Magritte en la que el título obliga a buscar nuevas lecturas a un cuadro en el que se representa una pipa. La intención de García Prieto por crear espejismos que representan un paisaje mental cuando en realidad la intención del artista y su objetivo artístico es radicalmente diferente se presenta como un estímulo ciertamente encantado para el espectador. Quizá en este sentido las últimas obras de García Prieto podrían titularse Esto no son ramas o dicho de otra manera Esto es la naturaleza misma. Es antes que nada un estímulo de realidad virtual. El pintor no pinta una rama, una hoja, planta un árbol y “riega” una planta. Su acción tiene más que ver con el maestro pintor chino que con el pintor renacentista con aquel Leonardo o incluso con el Botticelli obsesionado con la búsqueda de la belleza sin darse cuenta que ésa ya existía en la pintura con el mero hecho de huir de la representación. Efectivamente la obra de García Prieto está llena de simbología, de claves que se van repitiendo continuamente. Su obra nace de sus obras. Últimamente el pintor ha reproducido claves y símbolos que dotan a sus pinturas de un mismo código. Su obra se ha refundido en las mismas composiciones y formas, se ha reconstituido en cada lienzo. La búsqueda de la autenticidad, de una esencia en la pintura, ha supuesto la eliminación de toda anécdota, de todo resorte figurativo superfluo. Precisamente en la ausencia está la esencia fervientemente deseada.
texto Fernando Francés |