|
Goyo Antón
La boca del caballo En El libro de los seres imaginarios Borges nos habla de un mono descrito a finales del siglo dieciocho por el escritor chino Wang Tan - Hai. Es un mono minúsculo que raras veces sobrepasa las cuatro pulgadas (apenas diez centímetros), de pelo negro, sedoso y flexible, dotado de un curioso instinto. "Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las personas escriben se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando que hayan concluido y se bebe el sobrante de la tinta. Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se queda tranquilo". Viendo estos últimos cuadros de Goyo Antón pensé inmediatamente en un mono como éste. Un mono que le acompaña en su estudio, mientras trabaja, absorto en esa sustancia elemental y eterna, la tinta china, tan presente en el grafismo en sus cuadros; pero también en esa atmósfera terminal, de ensimismada catástrofe que preside toda su obra, tan vinculada a la idea de la ruina, del paisaje quemado, del estercolero. Es decir de ese lugar donde la pintura debe acabarse de una vez. Por eso dije antes que no puedo ver sus cuadros in pensar en ese pequeño mono insaciable. Espera a que Goyo Antón abandone su estudio, y corre a beberse la tinta china y la pintura que ha dejado sin utilizar. De forma que para seguir pintando tendrá que acudir al día siguiente a la tienda a adquirir más pigmentos. Esa es la sensación que nos da lo que hace, la de quien con cada nuevo cuadro tiene que empezar otra vez. Pues el gesto de pintar no es distinto al de hacer una tachadura, ni la pintura a aquello que se abandona, que se borra, que tiene que arder. Lo que da a sus cuadros esa sensación inequívoca de quemazón, de charca o basurero en llamas. Algo sin duda relacionado con una cultura de restos, cementerios de coches, chatarrerías, playas contaminadas por el petróleo, fragmentos totémicos de una civilización agotada. Goyo para pintar coloca sus cuadros sobre la pared. Una pared que se va llenando de salpicaduras, hasta componer un negativo de su propio trabajo. Se lo digo. "No deberías dejarla aquí". Y Goyo me contesta con una sonrisa: "Nunca lo hago. En realidad sólo hago que cargar de un sitio a otro la pared. Los cuadros los tiro". Su pintor es El Bosco. Ambos saben que la pintura es lo que queda fuera de la pintura. Llevarse la pared es dejar los retratos de los papas, las escenas canónicas de la pasión, los ángeles rutilantes. Llevarse lo que queda cuando se prescinde de todo lo demás: de la idea, el proyecto, del sueño de una pintura impecable. Por eso un estercolero en llamas puede confundirse con El jardín de las delicias, ambos son lo que se pinta solo, lo que aparece cuando se llevan lo otro. En definitiva, pura metafísica. No es extraño, pues Goyo Antón pertenece a la familia de El Bosco, pero también a la del grupo Cobra y a la de las vanguardias europeas, especialmente la de los pintores metafísicos, para quienes el cuadro siempre debe quedar abierto, pues está traspasado de preguntas. Pintar es quedarse en la duda, en la pregunta. Goyo Antón procede del medio rural, pero su padre no era campesino sino albañil, constructor. Goyo Antón le recuerda siempre con un lápiz en las manos. Para trabajar tenía que representarse mediante formas lo que quería hacer. También recurría al lápiz cuando tenía que explicarles algo a sus hijos. Goyo Antón le preguntaba, y él se lo explicaba con las menos palabras posibles, sirviéndose del lapicero y del papel. Con esos dibujos trataba de responder a las preguntas por el funcionamiento de las cosas; pero también, como tantas veces hacen los padres, de ganar tiempo. No de responder sino de dejar viva la pregunta. "Dibujo porque no te sé contestar". Eso es la pintura para Goyo Antón, contemplar a su padre dibujando. Pero contemplarle, lápiz en mano, cuando no sabe lo que tiene que decir. Por eso entre sus contemporáneos su artista talismán es Julio González. Las formas de Julio González se relacionan con el auge del constructivismo, de la cultura del hierro, de las máquinas articuladas. El movimiento de la máquina alude al reino de lo productivo, pero también al de la ingravidez. Goyo asiste al final de esa cultura. El paisaje de los constructores se ha transformado en un cementerio de chatarra. Goyo Antón lo recorre recogiendo viejos restos, buscando imprevistas articulaciones, una nueva ingravidez, y tal vez una nueva producción. El mono que se bebe su tinta le dice: "Tienes que empezar de nuevo". Pero no sólo está ese mono, también hay un caballo. Un caballo con el que no sabe qué hacer. Le siente merodear por la casa, le lleva consigo cuando sale de compras o visita los bares. Joyce Cary, escribió una novela que se titulaba precisamente así, La boca del caballo. Su tesis era que todos estamos solos. No puedo ver los cuadros de Goyo Antón, y de forma especial los de esta nueva exposición, en que nos ofrece sin duda lo mejor de sí mismo, sin pensar, al tiempo que el mono que en el mono que se bebe su tinta, en ese caballo de su desarraigo. Tiene que sacarle a pastar pero no sabe a dónde. Si se lo preguntamos cogerá papel y lápiz y empezará a dibujarnos algo. Él dirá que se trata de paisajes, pero raras veces veremos en ellos algo que recuerde a un lugar natural. No es extraño, porque el mono se como los pigmentos con los que habría tenido que pintarlo. "¿Qué puedo hacer?, nos dice. Me paso el día comprando pintura. Tengo un caballo en mi casa y para ocuparme de él tendría que echar al mono. ¿Pero entonces cómo podría pintar? No hay nada más hermoso que ver al mono sentado con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas, esperando un descuido mío para beberse la tinta y comerse los pigmentos. Aunque luego, durante el resto del día, tenga que enfrentarme a la boca del caballo y me haga sufrir pues no tengo nada para él". G. MARTÍN GARZO Texto incluido en el catálogo de la exposición de Goyo Antón
|