. Tokyo 1999, Sebastián Litmanovich

Treinta horas volando, un vuelo perdido, un sintetizador que llega un día después. Calor (mucho), verano.
Lo primero que sorprende, aparte de la arquitectura, es la atención, el respeto y la profesionalidad absoluta.
Toda la tecnología jamás imaginada. La ciudad del futuro, no del nuestro, lamentablemente.
Todo es diseño, arquitectura, arte, kitsch, amor por lo naïf y gesto afirmativo hasta para decir no.

El porno fetiche, especialmente “teen”, digno de ser documentado, y una de las tantas obsesiones de estos curiosos seres: un juego, el Pachinko, que se multiplica en todo Tokyo. Consiste en ver caer unas bolitas metálicas, al mejor estilo póketer, y esperar a que se dupliquen si caen correctamente, o a perderlas. Lo extraño es que pasan horas frente a las máquinas y lo único que pueden obtener a cambio de las miles de bolitas son premios de kermesse, tipo osito de peluche. (Nota: ¿Cómo se dice “insólito” en japonés?)

Ausencia de histeria, la gente se ignora, uno podría morir en el medio de la calle y nadie miraría, aunque seguro habría una ambulancia con dos paramédicos y un psiquiatra en menos de 30 segundos.
El sitio del concierto es el Inter Communication Center (ICC), un lugar en el cual el sonido emerge de las paredes (del concreto literalmente): una habitación a prueba de sonidos en donde es posible oír los latidos del propio corazón y el fluir de la sangre (no apto para hipocondríacos).
Una experiencia sensorial en la cual tres personas se comunican percibiendo sonidos que provienen de los cuerpos ajenos a través de colores y gráficos transmitidos en un visor electrónico portátil. (Nota: ¿Como se dice “increíble” en japonés?)

La sala del concierto con capacidad para 400 personas está lista en un día. Los días siguientes son para probar el sonido, que es perfecto.

El concierto está compuesto por un set de 30 minutos de cada uno de los 4 músicos invitados. Somatic (de New York) y Panacea (de Alemania) musicalizan entre el tecno y el jungle; Atau Tanaka (de Tokyo) toca desde su Mac una serie de sonidos evolutivos orientado a la electrónica minimal.

El show fue perfecto y el público silencioso y expectante; sólo se exaltan al final.
Estar incluido en este combo me entusiasma, y ellos comienzan a entusiasmarse con la idea de hacer algo en Buenos Aires. El entusiasmo se transforma en promesas a medida que la caja de alfajores Havana se transforma en nada.

Finalmente, uno se queda con la extraña sensación de no estar seguro de haber estado en Tokyo o en Marte.

SEBASTIAN LITMANOVICH
AKA CINEPLEXX