THE STOOGES
“Fun house”
ODE RECORDS/SONY
1979
por Oscar Garibay

Difícil elección entre la trilogía oficial de los Stooges. Si el afortunado ha sido Fun House, dolorosísimos descartes han sido su debut homónimo (The Stooges-1969) o su posterior Raw Power-1973.

                        


Porque si el primer disco tiene los himnos (ahí están No fun, 1969, y sobre todo, I wanna be your dog), el tercero quizá esté un peldaño por abajo, a pesar de Search & destroy, temazo con el que empezaba. La producción que en su día hizo Bowie no ayudó a este monstruo demasiado revolucionado. No fue hasta el año 96 cuando volvió a mezclarlo y remasterizarlo el propio Iggy Pop cuando se le hizo justicia. Por eso de la elección del Fun House, por desarrollar la semilla plantada en su debut hasta el infinito, dejando exhaustos a los oyentes.

Si en la costa oeste americana aún tenían una empanada mental de considerables dimensiones por la resaca hippy, estos cuatro salvajes de Detroit se la quitaron de golpe. Porque lo suyo fue algo visceral, sangrante y, por lo que supuso en un futuro, totalmente necesario, ya que influyó tanto a la explosión punk inglesa como a todo el rockerio posterior, desde New York hasta Australia.

El disco empieza con Down on the street, el tema más contenido, aunque ya se aprecian las señas de identidad: la forma de cantar de Iggy, totalmente sexual, la batería de Scott Asheton, sin alardes pero en su sitio, el bajo omnipresente de Dave Alexander, al que los excesos le llevarían a la tumba precipitadamente, y la guitarra de Ron Asheton, pieza clave en el sonido de la banda, con sus primitivos riffs como aguijonazos y sus ácidos solos llenos de efectos dopantes.

Le sigue Loose, donde Iggy se empieza a desgañitar y el disco empieza a dar calor y quemar, aunque donde ya se acaba de desatar completamente es en TV eye, tema muy versionado por otros grupos, donde los gritos y espasmos dejan los pelos de punta. Tres de tres, amigos.

Le sigue Dirt, siete minutos con un bajo imponente y una guitarra alucinatoria totalmente hipnóticos. Para mi, una de las canciones más magnéticas, negras y sexuales que haya escuchado nunca. En las siguientes 1970 y Fun house aparece el saxo de Steven Mackay, tan árido que hasta hace daño. Si 1970 puede ser la parte más punk del disco, Fun house es el reverso tenebroso: alaridos, solos criminales...todo bajo un pantanoso saxo que le da un oscuro toque funk a todo el tema. La cima.

Para acabar, L.A. blues, el fin del mundo en su particular carrera destructiva. ¿El principio del noise? Ruido, ruido y más ruido. Infernal jam-session todos cargados hasta las cejas. Siete canciones en 36 minutos y medio. Insuperable.

OSCAR GARIBAY. (mayo'04)