¡Y yo que me iba a quedar en casa el fin de semana descansando! Nada más salir de currar, corriendo a casa, coger una mochila, echar algo de leer y con la bici, a toda leche a la estación a pillar un tren. Por supuesto, el tren sale tarde y en un anden diferente al anunciado. Menos mal que ya estoy acostumbrado. ¡Ay de aquellos que se quejan de la RENFE, no saben lo que tienen! En fin, que estoy ya en Ámsterdam y mi contacto está listo para arrastrarme al Winston, y tras desembolsar 5 Mauros del ala, entramos cuando hay unos energúmenos tocando bastante mal, aunque rápido y alto, con lo que son una buena banda sonora para pedir una birra, acercarnos al ropero y otear el horizonte. Todavía hoy no sé cómo se llaman los pavos, pero tampoco me preocupa mucho, estaban más que verdes y no dejaron gran huella en mi yo profundo. Tras cambiar un poco el escenario, los Skidmarks se preparan para el asalto. Ya los había visto cosa de un año antes en Tilburg y ahí, aunque me gustaron, se me hicieron un pelín monótonos con su órgano chicharra y su garage cerril. Pero un año después, los tíos se han puesto las pilas y suenan menos garageros y más personales.
Les costó entrar en calor y al batero al principio,
parecía como que le daba miedo meterle a la batera, pero la cosa
se fue calentando y una bestia tatuada que había entre el público
ayudó de lo lindo. Se tiró mil veces al suelo y estaba
todo el rato picando a los músicos, aunque de buen rollo. El
tío quería que le hicieran volverse loco y no paró
hasta que lo consiguió.
El segundo guitarra/teclista se retorcía sobre
si mismo, abriendo sus piernas y echándose literalmente sobre
su instrumento. A partir de ahí todos se volcaron en el asunto,
el batero empezó a hacer temblar las paredes, y es que, ¡como
suenan los conciertos en el Winston! Unas muchachitas con trajes de leopardo se encaraman a la tarima y ya estamos dispuestos a ver por tercera vez a las Ripplets, si bien es la primera vez que las veo como cabeza de cartel. El resultado es exactamente el mismo que cuando las vi de teloneras: su hardcore-pop se me hace muy monótono tras veinte minutos. Versión de “I Wanna Be Your Man” pero cantando “I Wanna Be Your Girl” para la ocasión y poco más que reseñar, salvo que pillamos unas banquetas y lo vimos sentaditos, como si de un concierto del INSERSO se tratara.
Estas chicas son cuatro, y si bien a la batería
llevan una maquina de precisión que le atiza de lo lindo, la
guitarrista sigue estática sin moverse de su sitio, la bajista
cantante intenta darle algo más de color al asunto y la teclista,
juro por mis niños que estaba de ácido o algo así,
porque tenía una sonrisa bobalicona en el rostro bastante sospechosa. Sonic Litter . . .
Estas canciones que tocan Sonic
Litter, son versiones por todos conocidas, pero cualquiera
con dos orejas que las escuche en cualquier grabación, puede
diferenciar claramente que la banda que las interpreta es Sonic Litter.
Y le ponen un punto a las canciones en el que las llevan un poco más
allá. Y, aquí quería yo llegar, eso mismo no se
puede decir de las bandas de versiones al uso, que se limitan a copiar
la sucesión de acordes con total fidelidad y pendientes de que
el detalle más mínimo quede reflejado en su interpretación
del tema. Bandas como los Detroit Cobras son las que hacen que a un
buen grupo que haga versiones se le mire de mala manera. Sonic Litter
demuestran que no es lo mismo copiar que reinterpretar. Y para acabar,
diré que no estuvieron tan finos como la primera vez que les
vi en Utrecht, pero a pesar de todo, fueron lo mejor de la noche. Y
con una abultada diferencia. Para rematar la noche, tuvimos poniendo discos a Robert
Mutter, cantante de los desaparecidos Kliek, aunque aún
sigue en esto de la farándula, liderando a los de momento parados
Kek ´66. El menda se dedica a poner clásicos,
para seguir con la línea emprendida por los Litter. Al final,
un pestruzo se dedica a poner nervioso al dj. tirándole alguna
carátula vacía por ahí, a lo que el siempre afable
Robert responde con amenazas sonrientes. Pero el tipo no se conforma
con eso, y vuelve al ataque con una cerveza y no se le ocurre otra cosa
volcarla encima de los discos. Aquí Robert no tuvo otra opción:
le metió un cañonazo en la jeta al borracho y se montó
la gran jarana. Pjotr, el dueño del Diepte, sabe como arreglar
estas situaciones y que en cinco minutos parezca que no ha pasado nada.
De cualquier manera, un servidor de ustedes ya tuvo bastantes emociones
en una noche y enfiló hacia el sobre, dando por terminada una
noche bastante completa. ¡Qué se repita! Las bandas . . .crónicas . . . VA-Web |